Eclesiástico
Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1402 versículos
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Capítulo 7 de 52Capítulo 7
1 No hagas mal, y el mal no te dominará,
2 sepárate del injusto, y él se alejará de ti.
3 No siempres, hijo, en surcos de injusticia, no sea que coseches siete veces más.
4 No pidas al Señor la preeminencia, ni al rey silla de gloria.
5 No te hagas el justo delante del Señor, ante el rey no te las des de sabio.
6 No te empeñes en llegar a ser juez, no sea que no puedas extirpar la injusticia, o te dejes influir del poderoso, y pongas un tropiezo en tu entereza.
7 No peques contra la asamblea de la ciudad, ni te rebajes a ti mismo ante el pueblo.
8 En el pecado no te enredes dos veces, pues ni una sola quedarás impune.
9 No digas: «Pondrá él sus ojos en la abundancia de mis dones, cuando se los presente al Dios Altísimo, los aceptará.»
10 No seas en tu plegaria pusilánime, y hacer limosna no descuides.
11 No te burles del hombre que vive en aflicción, porque el que humilla, también exalta.
12 No trames mentira contra tu hermano ni hagas otro tanto con tu amigo.
13 Propónte no decir mentira alguna, que persistir en ello no lleva a nada bueno.
14 No seas hablador en la reunión de los ancianos, en tu plegaria no repitas palabras.
15 No rehúyas el trabajo penoso, ni la labor del campo que creó el Altísimo.
16 No te incluyas en el grupo de los pecadores, recuerda que la Cólera no se hará esperar.
17 Humilla hondamente tu alma, que el castigo del impío es fuego y gusanos.
18 No cambies un amigo por dinero, ni un hermano de veras por el oro de Ofir.
19 No faltes a la mujer sabia y buena, que su gracia vale más que el oro.
20 No maltrates al criado que trabaja fielmente, ni al jornalero que pone su empeño.
21 Al criado prudente ame tu alma, y no le prives de la libertad.
22 ¿Tienes rebaños? Pásales revista; y si te dan ganancia, consérvalos.
23 ¿Tienes hijos? Adoctrínalos, doblega su cerviz desde su juventud.
24 ¿Tienes hijas? Cuídate de ellas, y no pongas ante ellas cara muy risueña.
25 Casa a tu hija y habrás hecho una gran cosa, pero dásela a un hombre prudente.
26 ¿Tienes una mujer que te gusta? No la despidas, pero si la aborreces, no te confíes a ella.
27 Con todo tu corazón honra a tu padre, y no olvides los dolores de tu madre.
28 Recuerda que por ellos has nacido, ¿cómo les pagarás lo que contigo han hecho?
29 Con toda tu alma reverencia al Señor, y venera a sus sacerdotes.
30 Con todas tus fuerzas ama al que te hizo, y a sus ministros no abandones.
31 Teme al Señor y honra el sacerdote, dale su porción como te está prescrito: primicias, sacrificios de reparación, pierna de las ofrendas, oblación de santidad y primicias de las cosas sagradas.
32 También al pobre tiéndele tu mano, para que tu bendición sea perfecta.
33 La gracia de tu dádiva llegue a todo viviente, ni siquiera a los muertos les rehúses tu gracia.
34 No te rezagues ante los que lloran, y con los afligidos muéstrate afligido.
35 No descuides visitar al enfermo, que por obras de éstas ganarás amor.
36 En todas tus acciones ten presente tu fin, y jamás cometerás pecado.
Reflexión del capítulo 7
El capítulo séptimo es un racimo de consejos breves que, juntos, dibujan el retrato del hombre prudente y temeroso de Dios. No hay un argumento único, sino una sabiduría de taller y de casa: advertencias sobre el poder, la palabra, el dinero, el trabajo, la familia y la oración, encadenadas como las cuentas de un rosario.
Ben Sirá previene primero contra la ambición. No pidas preeminencia ni busques el puesto de juez, porque el poderoso te inclinará y pondrás tropiezo a tu entereza. Tampoco te hagas el justo ante Dios ni el sabio ante el rey. La humildad, en cambio, es camino seguro: el sabio aconseja humillar hondamente el alma, porque el castigo del impío es cosa seria.
Después viene una serie de deberes muy terrenos: no cambiar un amigo por dinero, no maltratar al criado ni al jornalero, cuidar los rebaños, instruir a los hijos y doblegar su cerviz desde la juventud, custodiar a las hijas y darlas en matrimonio a un hombre prudente. Y junto a la familia, la religión: reverenciar al Señor, honrar a los sacerdotes y darles su porción, tender la mano al pobre, no rehuir a los que lloran, visitar al enfermo.
El capítulo termina con un criterio que resume todo: tener presente el propio fin en cada acción. Quien se sabe mortal y responsable deja de vivir de cualquier manera.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Elige hoy uno de estos deberes y cúmplelo sin excusas: visita a un enfermo, consuela a quien llora, ayuda a un trabajador que depende de ti o pide perdón a alguien a quien has fallado. Reza sin palabras vacías y no dejes la limosna para mañana. Y antes de decidir algo importante, pregúntate cómo lo verás desde el final de tu vida.
Oración
Señor, enséñame a vivir con los ojos puestos en el fin, sin ambición ni mentira. Dame un corazón humilde, generoso con el pobre y atento al que sufre. Y que nunca cambie por dinero lo que vale más: la amistad y tu amor. Amén.
Acerca del libro de Eclesiástico
El Eclesiástico, conocido también como Sirácida o Libro de Ben Sirá, es una de las cumbres de la literatura sapiencial de Israel. Lo escribió Jesús, hijo de Sirá, un maestro judío de Jerusalén que reunió en él la experiencia de una vida entera dedicada a leer la Ley, los Profetas y los escritos de los antepasados. Su nieto lo tradujo al griego en Egipto y dejó al frente un prólogo en el que explica el esfuerzo de trasladar a otra lengua lo que el abuelo había compuesto en hebreo. Ese detalle, recogido en el capítulo 0 de esta edición, es ya una lección: la sabiduría no se improvisa, se hereda y se transmite con paciencia.
El libro nace en un tiempo difícil. Israel vive bajo la presión del helenismo, con la cultura griega penetrando en la lengua, las costumbres y la fe de muchos. Ben Sirá no responde con tratados abstractos, sino con consejos muy concretos: cómo honrar a los padres, cómo elegir a los amigos, cómo usar la palabra, cómo administrar las riquezas, cómo orar, cómo educar a los hijos, cómo comportarse en un banquete. Su sabiduría es la del temor del Señor, entendido no como miedo servil, sino como confianza filial y como decisión libre de escoger el bien. Por eso el libro insiste tanto en la libertad humana: Dios no fuerza a nadie, y el hombre puede inclinarse hacia la vida.
Para la fe católica, el Eclesiástico es una escuela de vida cristiana. La Iglesia lo recibió entre los libros deuterocanónicos y lo empleó desde antiguo en la catequesis. Su gran himno a la Sabiduría, en el capítulo 24, donde ella toma la palabra y confiesa que procede de la boca del Altísimo, fue leído por los Padres como anuncio del Verbo encarnado, y la liturgia lo aplica a Cristo y a María. La alabanza de los antepasados, que ocupa los capítulos 44 al 50, recorre la historia de la salvación desde Enoc hasta el sumo sacerdote Simón y educa la mirada de fe que la carta a los Hebreos dirigirá después a los creyentes. A ello se añade una doctrina muy querida por la tradición: la limosna, la misericordia con el pobre y el perdón del ofendido valen más que cualquier sacrificio.
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