Eclesiástico

Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1402 versículos

Sir

Capítulo 3

1 A mí que soy vuestro padre escuchadme, hijos, y obrad así para salvaros.

2 Pues el Señor glorifica al padre en los hijos, y afirma el derecho de la madre sobre su prole.

3 Quien honra a su padre expía sus pecados;

4 como el que atesora es quien da gloria a su madre.

5 Quien honra a su padre recibirá contento de sus hijos, y en el día de su oración será escuchado.

6 Quien da gloria al padre vivirá largos días, obedece al Señor quien da sosiego a su madre:

7 como a su Señor sirve a los que le engendraron.

8 En obra y palabra honra a tu padre, para que te alcance su bendición.

9 Pues la bendición del padre afianza la casa de los hijos, y la maldición de la madre destruye los cimientos.

10 No te gloríes en la deshonra de tu padre, que la deshonra de tu padre no es gloria para ti.

11 Pues la gloria del hombre procede de la honra de su padre, y baldón de los hijos es la madre en desdoro.

12 Hijo, cuida de tu padre en su vejez, y en su vida no le causes tristeza.

13 Aunque haya perdido la cabeza, sé indulgente, no le desprecies en la plenitud de tu vigor.

14 Pues el servicio hecho al padre no quedará en olvido, será para ti restauración en lugar de tus pecados.

15 El día de tu tribulación se acordará El de ti; como hielo en buen tiempo, se disolverán tus pecados.

16 Como blasfemo es el que abandona a su padre, maldito del Señor quien irrita a su madre.

17 Haz, hijo, tus obras con dulzura, así serás amado por el acepto a Dios.

18 Cuanto más grande seas, más debes humillarte, y ante el Señor hallarás gracia.

20 Pues grande es el poderío del Señor, y por los humildes es glorificado.

21 No busques lo que te sobrepasa, ni lo que excede tus fuerzas trates de escrutar.

22 Lo que se te encomienda, eso medita, que no te es menester lo que está oculto.

23 En lo que excede a tus obras no te fatigues, pues más de lo que alcanza la inteligencia humana se te ha mostrado ya.

24 Que a muchos descaminaron sus prejuicios, una falsa ilusión extravió sus pensamientos.

26 El corazón obstinado en mal acaba, y el que ama el peligro caerá en él.

27 El corazón obstinado se carga de fatigas, el pecador acumula pecado tras pecado.

28 Para la adversidad del orgulloso no hay remedio, pues la planta del mal ha echado en él raíces.

29 El corazón del prudente medita los enigmas. un oído que le escuche es el anhelo del sabio.

30 El agua apaga el fuego llameante, la limosma perdona los pecados.

31 Quien con favor responde prepara el porvenir, el día de su caída encontrará un apoyo.

Reflexión del capítulo 3

El capítulo tercero reúne dos enseñanzas que, en apariencia, van por caminos distintos y que, sin embargo, se sostienen mutuamente: la honra debida a los padres y la humildad.

Ben Sirá habla primero como padre que instruye a sus hijos. Honrar al padre y a la madre no es un gesto de cortesía, sino un camino de salvación: quien lo hace expía sus pecados, recibe contento de sus propios hijos y es escuchado el día de su oración. El sabio baja a detalles muy humanos: cuidar al padre anciano, no causarle tristeza, ser indulgente cuando pierde facultades, no despreciarle en la plenitud del propio vigor. La bendición del padre afianza la casa; la deshonra la socava desde los cimientos.

Después el tono cambia y aparece la humildad como ley de vida: cuanto más grande sea uno, más debe inclinarse, porque el poder del Señor se glorifica en los humildes. De ahí nacen dos consejos: no fatigarse escrutando lo que sobrepasa a la propia inteligencia, y meditar lo que se nos ha confiado. El corazón obstinado en el mal, en cambio, acumula fatigas y pecados, y para su orgullo no hay remedio, porque la planta del mal echó raíces en él.

El capítulo cierra con una promesa sencilla y consoladora: la limosna borra los pecados, y quien responde con favor a su prójimo se prepara un apoyo para el día de su caída.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Haz hoy un gesto concreto por tus padres o por quien te dio la vida: una llamada, una visita, una ayuda práctica, y hazlo sin quejarte. Si alguno ha envejecido o ha perdido facultades, ten paciencia y no lo desprecies. Y elige una obra de limosna o de servicio a un necesitado, aunque sea pequeña, ofreciéndola a Dios. Pide al Señor un corazón humilde para no creerte superior a nadie.

Oración

Señor, enséñame a honrar a quienes me dieron la vida y a no despreciar a nadie en su debilidad. Dame un corazón humilde que no pretenda entenderlo todo, y manos abiertas para socorrer al que lo necesita. Amén.

Acerca del libro de Eclesiástico

El Eclesiástico, conocido también como Sirácida o Libro de Ben Sirá, es una de las cumbres de la literatura sapiencial de Israel. Lo escribió Jesús, hijo de Sirá, un maestro judío de Jerusalén que reunió en él la experiencia de una vida entera dedicada a leer la Ley, los Profetas y los escritos de los antepasados. Su nieto lo tradujo al griego en Egipto y dejó al frente un prólogo en el que explica el esfuerzo de trasladar a otra lengua lo que el abuelo había compuesto en hebreo. Ese detalle, recogido en el capítulo 0 de esta edición, es ya una lección: la sabiduría no se improvisa, se hereda y se transmite con paciencia.

El libro nace en un tiempo difícil. Israel vive bajo la presión del helenismo, con la cultura griega penetrando en la lengua, las costumbres y la fe de muchos. Ben Sirá no responde con tratados abstractos, sino con consejos muy concretos: cómo honrar a los padres, cómo elegir a los amigos, cómo usar la palabra, cómo administrar las riquezas, cómo orar, cómo educar a los hijos, cómo comportarse en un banquete. Su sabiduría es la del temor del Señor, entendido no como miedo servil, sino como confianza filial y como decisión libre de escoger el bien. Por eso el libro insiste tanto en la libertad humana: Dios no fuerza a nadie, y el hombre puede inclinarse hacia la vida.

Para la fe católica, el Eclesiástico es una escuela de vida cristiana. La Iglesia lo recibió entre los libros deuterocanónicos y lo empleó desde antiguo en la catequesis. Su gran himno a la Sabiduría, en el capítulo 24, donde ella toma la palabra y confiesa que procede de la boca del Altísimo, fue leído por los Padres como anuncio del Verbo encarnado, y la liturgia lo aplica a Cristo y a María. La alabanza de los antepasados, que ocupa los capítulos 44 al 50, recorre la historia de la salvación desde Enoc hasta el sumo sacerdote Simón y educa la mirada de fe que la carta a los Hebreos dirigirá después a los creyentes. A ello se añade una doctrina muy querida por la tradición: la limosna, la misericordia con el pobre y el perdón del ofendido valen más que cualquier sacrificio.

Compartir

Enlace copiado