Eclesiástico
Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1402 versículos
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Capítulo 18 de 52Capítulo 18
1 El que vive eternamente lo creó todo por igual,
2 sólo el Señor será llamado justo.
4 A nadie dio poder de proclamar sus obras, pues ¿quién podrá rastrear sus maravillas?
5 El poder de su majestad, ¿quién lo calculará? ¿quién pretenderá contar sus misericordias?
6 Nada hay que quitar, nada que añadir, y no se pueden rastrear las maravillas del Señor.
7 Cuando el hombre cree acabar, comienza entonces, cuando se para, se queda perplejo.
8 ¿Qué es el hombre? ¿para qué sirve? ¿cuál es su bien y cuál su mal?
9 El número de los días del hombre mucho será si llega a los cien años.
10 Como gota de agua del mar, como grano de arena, tan pocos son sus años frente a la eternidad.
11 Por eso el Señor es paciente con ellos, y derrama sobre ellos su misericordia.
12 El ve y sabe que su fin es miserable, por eso multiplica su perdón.
13 La misericordia del hombre sólo alcanza a su prójimo, la misericorida del Señor abarca a todo el mundo. El reprende, adoctrina y enseña, y hace volver, como un pastor, a su rebaño.
14 Tiene piedad de los que acogen la instrucción, y de los que se afanan por sus juicios.
15 Hijo, con tus beneficios no mezcles el reproche ni a tus regalos juntes palabras tristes.
16 ¿No aplaca el rocío el viento ardiente? Así vale más la palabra que el regalo.
17 ¿No ves que la palabra es más que un buen presente? Pues el hombre dadivoso une los dos.
18 El necio aun sin dar hace afrenta, quema los ojos el don del envidioso.
19 Antes de hablar infórmate, cuídate antes de estar enfermo.
20 Antes de juzgar examínate a ti mismo, y en el día de la visita encontrarás perdón.
21 Antes de estar enfermo humíllate, cuando peques muestra arrepentimiento.
22 Nada te impida cumplir tu voto en el momento dado, no aguardes hasta la muerte para justificarte.
23 Antes de hacer un voto prepárate; no seas como el hombre que tienta al Señor.
24 Acuérdate de la ira de los últimos días, y del momento del castigo, cuando Dios vuelva su rostro.
25 En tiempo de abundancia recuerda el tiempo de hambre, la pobreza y la penuria en días de riqueza.
26 De la mañana a la tarde corre el tiempo, todo pasa presto delante del Señor.
27 El hombre sabio es precavido en todo, en la ocasión de pecar se anda con cuidado.
28 Todo hombre prudente conoce la sabiduría, al que la encuentra le da su parabién.
29 Los prudentes en palabras hacen sabiduría y prodigan los proverbios acertados.
30 No vayas detrás de tus pasiones, tus deseos refrena.
31 Si te consientes en todos los deseos, te harás la irrisión de tus enemigos.
32 No te complazcas en la buena vida, no te avengas a asociarte con ella.
33 No te empobrezcas festejando con dinero prestado, cuando nada tienes en tu bolsa.
Reflexión del capítulo 18
El capítulo decimoctavo alterna dos movimientos que se iluminan mutuamente: la grandeza inalcanzable de Dios y la pequeñez del hombre. Ben Sirá reconoce que nadie puede proclamar las obras del Señor ni rastrear sus maravillas, que nada hay que añadir ni quitar a lo que él ha hecho, y que cuando el hombre cree haber terminado, apenas comienza. Frente a la eternidad, nuestros años son como una gota de agua en el mar.
Y precisamente de esa pequeñez nace la misericordia de Dios. El sabio dice que el Señor es paciente con nosotros porque ve y sabe que nuestro fin es miserable, y que su misericordia abarca a todo el mundo, mientras la del hombre apenas alcanza a su prójimo. Él reprende, enseña y hace volver, como un pastor con su rebaño, y se compadece de quienes se dejan corregir.
De ahí se derivan consejos de una delicadeza notable. No mezcles el reproche con tus beneficios ni entristezcas tus regalos con palabras duras, porque la palabra dicha a tiempo vale más que el don; el hombre generoso une las dos cosas. Y después, una serie de avisos sobre la previsión: informarse antes de hablar, examinarse antes de juzgar, humillarse antes de enfermar, cumplir los votos a su tiempo, recordar el tiempo de hambre cuando hay abundancia, refrenar los deseos y no empobrecerse festejando con dinero prestado.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Acompaña hoy cada gesto de ayuda con una palabra amable y agradecida: si vas a dar algo, no reproches nunca. Antes de juzgar a alguien, examínate a ti mismo con sinceridad. Y haz una previsión prudente: en tiempo de abundancia, guarda algo para el día de escasez y no gastes lo que no tienes. Ordena hoy tus cuentas con sencillez. Hazlo con paz.
Oración
Señor, que tu grandeza me enseñe humildad y tu misericordia me dé confianza. Enséñame a hablar con dulzura cuando ayudo, a examinarme antes de juzgar y a vivir con prudencia lo que me has dado. Amén.
Acerca del libro de Eclesiástico
El Eclesiástico, conocido también como Sirácida o Libro de Ben Sirá, es una de las cumbres de la literatura sapiencial de Israel. Lo escribió Jesús, hijo de Sirá, un maestro judío de Jerusalén que reunió en él la experiencia de una vida entera dedicada a leer la Ley, los Profetas y los escritos de los antepasados. Su nieto lo tradujo al griego en Egipto y dejó al frente un prólogo en el que explica el esfuerzo de trasladar a otra lengua lo que el abuelo había compuesto en hebreo. Ese detalle, recogido en el capítulo 0 de esta edición, es ya una lección: la sabiduría no se improvisa, se hereda y se transmite con paciencia.
El libro nace en un tiempo difícil. Israel vive bajo la presión del helenismo, con la cultura griega penetrando en la lengua, las costumbres y la fe de muchos. Ben Sirá no responde con tratados abstractos, sino con consejos muy concretos: cómo honrar a los padres, cómo elegir a los amigos, cómo usar la palabra, cómo administrar las riquezas, cómo orar, cómo educar a los hijos, cómo comportarse en un banquete. Su sabiduría es la del temor del Señor, entendido no como miedo servil, sino como confianza filial y como decisión libre de escoger el bien. Por eso el libro insiste tanto en la libertad humana: Dios no fuerza a nadie, y el hombre puede inclinarse hacia la vida.
Para la fe católica, el Eclesiástico es una escuela de vida cristiana. La Iglesia lo recibió entre los libros deuterocanónicos y lo empleó desde antiguo en la catequesis. Su gran himno a la Sabiduría, en el capítulo 24, donde ella toma la palabra y confiesa que procede de la boca del Altísimo, fue leído por los Padres como anuncio del Verbo encarnado, y la liturgia lo aplica a Cristo y a María. La alabanza de los antepasados, que ocupa los capítulos 44 al 50, recorre la historia de la salvación desde Enoc hasta el sumo sacerdote Simón y educa la mirada de fe que la carta a los Hebreos dirigirá después a los creyentes. A ello se añade una doctrina muy querida por la tradición: la limosna, la misericordia con el pobre y el perdón del ofendido valen más que cualquier sacrificio.
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