Eclesiástico

Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1402 versículos

Sir

Capítulo 28

1 El que se venga, sufrirá venganza del Señor, que cuenta exacta llevará de sus pecados.

2 Perdona a tu prójimo el agravio, y, en cuanto lo pidas, te serán perdonados tus pecados.

3 Hombre que a hombre guarda ira, ¿cómo del Señor espera curación?

4 De un hombre como él piedad no tiene, ¡y pide perdón por sus propios pecados!

5 El, que sólo es carne, guarda rencor, ¿quién obtendrá el perdón de sus pecados?

6 Acuérdate de las postrimerías, y deja ya de odiar, recuerda la corrupción y la muerte, y sé fiel a los mandamientos.

7 Recuerda los mandamientos, y no tengas rencor a tu prójimo, recuerda la alianza del Altísimo, y pasa por alto la ofensa.

8 Absténte de disputas y evitarás el pecado, porque el apasionado atiza las disputas.

9 El pecador enzarza a los amigos, entre los que están en paz siembra discordia.

10 Según sea la leña, así arde el fuego, según su violencia, arde la disputa; según la fuerza del hombre es su furor y conforme a su riqueza sube su ira.

11 Riña súbita prende fuego, disputa precipitada vierte sangre.

12 Si soplas una chispa, prenderá, si la escupes, se apagará, y ambas cosas salen de tu boca.

13 Al soplón de lengua doble, maldícele, que ha perdido a muchos que vivían en paz.

14 A muchos sacudió la lengua triple, los dispersó de nación en nación; arrasó ciudades fuertes y derruyó casas de magnates.

15 La lengua triple repudió a mujeres varoniles, las privó del fruto de sus trabajos.

16 El que la atiende no encontrará reposo, ni plantará su tienda en paz.

17 El golpe del látigo produce cardenales, el golpe de la lengua quebranta los huesos.

18 Muchos han caído a filo de espada, mas no tantos como los caídos por la lengua.

19 Feliz el que de ella se resguarda, el que no pasa a través de su furor, el que su yugo no ha cargado, ni ha sido atado con sus coyundas.

20 Porque su yugo es yugo de hierro, y coyundas de bronce sus coyundas.

21 Muerte funesta la muerte que ella da, ¡el seol es preferible a ella!

22 Mas no tiene poder sobre los piadosos, en su llama no se quemarán.

23 Los que abandonan al Señor caerán en ella, en ellos arderá y no se apagará. Como un león se lanzará contra ellos, como una pantera los desgarrará.

24 Mira, cerca tu hacienda con espinos, encierra bien tu plata y tu oro.

25 A tus palabras pon balanza y peso, a tu boca pon puerta y cerrojo.

26 Guárdate bien de resbalar por ella, no sea que caigas ante el que te acecha.

Reflexión del capítulo 28

El capítulo vigesimoctavo es una de las páginas más exigentes del libro, porque pone la misericordia como condición de la propia salvación. Ben Sirá razona con una lógica que no admite escapatoria: quien se venga sufrirá la venganza del Señor; si un hombre guarda rencor a otro, ¿cómo puede esperar curación de Dios? Perdonar al prójimo y pedir perdón por los propios pecados van juntos.

El sabio añade un motivo que ayuda a perdonar: acordarse de las postrimerías, de la corrupción y de la muerte, y recordar la alianza del Altísimo. Quien se sabe mortal y perdonado encuentra más fácil pasar por alto la ofensa. Y de ahí pasa a las disputas: hay que abstenerse de ellas, porque el apasionado las atiza, y una riña precipitada puede derramar sangre.

La segunda parte es un retrato sobrecogedor de la lengua. El sabio la compara con el fuego que crece según la leña, y con el látigo que deja cardenales: su golpe quebranta los huesos, y son más los que han caído por ella que a filo de espada. Habla del delator de doble cara que ha arruinado a mucha gente que convivía tranquila, y del daño que hace el chisme en familias y ciudades. El capítulo termina con un consejo práctico: poner balanza y peso a las palabras, y puerta y cerrojo a la boca.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Perdona hoy de verdad a alguien que te ha ofendido: no basta con no vengarse, hay que soltar el rencor del corazón. Si tienes una disputa abierta, da tú el primer paso y busca la paz. Y antes de hablar de alguien, pregúntate si lo que vas a decir construye o destruye: pon puerta y cerrojo a tu boca. Hazlo sin esperar nada.

Oración

Señor, tú que me perdonas tanto, dame un corazón que sepa perdonar sin guardar rencor. Aparta de mí las disputas y el chisme, y pon puerta y cerrojo a mi boca, para que mis palabras siembren paz y no discordia. Amén.

Acerca del libro de Eclesiástico

El Eclesiástico, conocido también como Sirácida o Libro de Ben Sirá, es una de las cumbres de la literatura sapiencial de Israel. Lo escribió Jesús, hijo de Sirá, un maestro judío de Jerusalén que reunió en él la experiencia de una vida entera dedicada a leer la Ley, los Profetas y los escritos de los antepasados. Su nieto lo tradujo al griego en Egipto y dejó al frente un prólogo en el que explica el esfuerzo de trasladar a otra lengua lo que el abuelo había compuesto en hebreo. Ese detalle, recogido en el capítulo 0 de esta edición, es ya una lección: la sabiduría no se improvisa, se hereda y se transmite con paciencia.

El libro nace en un tiempo difícil. Israel vive bajo la presión del helenismo, con la cultura griega penetrando en la lengua, las costumbres y la fe de muchos. Ben Sirá no responde con tratados abstractos, sino con consejos muy concretos: cómo honrar a los padres, cómo elegir a los amigos, cómo usar la palabra, cómo administrar las riquezas, cómo orar, cómo educar a los hijos, cómo comportarse en un banquete. Su sabiduría es la del temor del Señor, entendido no como miedo servil, sino como confianza filial y como decisión libre de escoger el bien. Por eso el libro insiste tanto en la libertad humana: Dios no fuerza a nadie, y el hombre puede inclinarse hacia la vida.

Para la fe católica, el Eclesiástico es una escuela de vida cristiana. La Iglesia lo recibió entre los libros deuterocanónicos y lo empleó desde antiguo en la catequesis. Su gran himno a la Sabiduría, en el capítulo 24, donde ella toma la palabra y confiesa que procede de la boca del Altísimo, fue leído por los Padres como anuncio del Verbo encarnado, y la liturgia lo aplica a Cristo y a María. La alabanza de los antepasados, que ocupa los capítulos 44 al 50, recorre la historia de la salvación desde Enoc hasta el sumo sacerdote Simón y educa la mirada de fe que la carta a los Hebreos dirigirá después a los creyentes. A ello se añade una doctrina muy querida por la tradición: la limosna, la misericordia con el pobre y el perdón del ofendido valen más que cualquier sacrificio.

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