Eclesiástico

Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1402 versículos

Sir

Capítulo 26

1 Feliz el marido de mujer buena, el número de sus días se duplicará.

2 Mujer varonil da contento a su marido, que acaba en paz la suma de sus años.

3 Mujer buena es buena herencia, asignada a los que temen al Señor:

4 sea rico o pobre, su corazón es feliz, en todo tiempo alegre su semblante.

5 Tres cosas hay que teme mi corazón, y una cuarta me espanta: desunión de ciudad, motín de plebe, y falsa acusación: todo ello más penoso que la muerte;

6 pero dolor de corazón y duelo es una mujer celosa de otra, látigo de lengua que con todos se enzarza.

7 Yugo mal sujeto es la mujer mala, tratar de dominarla es como agarrar un escorpión.

8 Blanco de gran ira es la mujer bebedora, no podrá ocultar su ignominia.

9 La lujuria de la mujer se ve en la procacidad de sus ojos, en sus párpados se reconoce.

10 Sobre hija desenvuelta refuerza la guardia, no sea que, si ve descuido, se aproveche.

11 Guárdate de ir tras ojos descarados, no te extrañes si te llevan al mal.

12 Cual caminante sediento abre ella la boca, y de toda agua que se topa bebe; ante toda clavija de tienda, impúdica, se sienta, y a toda flecha abre su aljaba.

13 La gracia de la mujer recrea a su marido, y su ciencia reconforta sus huesos.

14 Un don del Señor la mujer silenciosa, no tiene precio la bien educada.

15 Gracia de gracias la mujer pudorosa, no hay medida para pesar a la dueña de sí misma.

16 Sol que sale por las alturas del Señor es la belleza de la mujer buena en una casa en orden.

17 Lámpara que brilla en sagrado candelero es la hermosura de un rostro sobre un cuerpo esbelto.

18 Columnas de oro sobre basas de plata, las bellas pierras sobre talones firmes.

28 Dos cosas entristecen mi corazón y la tercera me produce mal humor: el guerrero que desfallece de indigencia, los inteligentes cuando son menospreciados, y el que de la justicia al pecado reincide: el Señor le destina a la espada.

29 Difícilmente se libra de falta el negociante, el comerciante no quedará limpio de pecado.

Reflexión del capítulo 26

El capítulo vigesimosexto continúa el tema del capítulo anterior, pero cambia de acento: aquí el sabio canta, sobre todo, la bondad de una buena esposa. Dice que el marido de una mujer buena es dichoso y que sus días se duplican, porque ella le da contento y paz. Una esposa de bien es un regalo reservado a quienes viven con reverencia ante Dios, y su corazón está alegre tanto en la riqueza como en la pobreza.

Después describe con imágenes preciosas lo que esa mujer aporta a la casa: su gracia recrea a su marido, y su belleza es como el sol que sale por las alturas, como una lámpara que brilla en el candelero, como columnas de oro sobre basas de plata. El elogio no se detiene en el aspecto físico, sino en la serenidad, el pudor y el dominio de sí, que son la verdadera hermosura.

El capítulo habla también de lo que entristece al sabio: la desunión de la ciudad, el motín del pueblo, la falsa acusación, los celos que consumen, y tres cosas que le duelen de modo especial: el soldado vencido por la miseria, los hombres de talento a los que nadie aprecia y el que, tras obrar bien, vuelve a caer en el mal. Y termina con una observación realista sobre el comercio: difícilmente se libra de falta el que negocia, porque el afán de ganancia tienta la conciencia.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Agradece hoy a la persona que sostiene tu casa —tu cónyuge, tu madre, quien te cuida— y díselo con palabras concretas, no solo con el pensamiento. Si tienes autoridad sobre alguien, no desprecies su inteligencia ni dejes que pase necesidad. Y revisa tus negocios y tus cuentas: que el afán de ganancia no te haga perder la conciencia. Hazlo con honradez.

Oración

Señor, bendice a quienes sostienen mi casa y dame un corazón agradecido con ellos. Guárdame de la dureza con los débiles y de la codicia en mis negocios, y que mi hogar sea un lugar de paz y de pudor. Amén.

Acerca del libro de Eclesiástico

El Eclesiástico, conocido también como Sirácida o Libro de Ben Sirá, es una de las cumbres de la literatura sapiencial de Israel. Lo escribió Jesús, hijo de Sirá, un maestro judío de Jerusalén que reunió en él la experiencia de una vida entera dedicada a leer la Ley, los Profetas y los escritos de los antepasados. Su nieto lo tradujo al griego en Egipto y dejó al frente un prólogo en el que explica el esfuerzo de trasladar a otra lengua lo que el abuelo había compuesto en hebreo. Ese detalle, recogido en el capítulo 0 de esta edición, es ya una lección: la sabiduría no se improvisa, se hereda y se transmite con paciencia.

El libro nace en un tiempo difícil. Israel vive bajo la presión del helenismo, con la cultura griega penetrando en la lengua, las costumbres y la fe de muchos. Ben Sirá no responde con tratados abstractos, sino con consejos muy concretos: cómo honrar a los padres, cómo elegir a los amigos, cómo usar la palabra, cómo administrar las riquezas, cómo orar, cómo educar a los hijos, cómo comportarse en un banquete. Su sabiduría es la del temor del Señor, entendido no como miedo servil, sino como confianza filial y como decisión libre de escoger el bien. Por eso el libro insiste tanto en la libertad humana: Dios no fuerza a nadie, y el hombre puede inclinarse hacia la vida.

Para la fe católica, el Eclesiástico es una escuela de vida cristiana. La Iglesia lo recibió entre los libros deuterocanónicos y lo empleó desde antiguo en la catequesis. Su gran himno a la Sabiduría, en el capítulo 24, donde ella toma la palabra y confiesa que procede de la boca del Altísimo, fue leído por los Padres como anuncio del Verbo encarnado, y la liturgia lo aplica a Cristo y a María. La alabanza de los antepasados, que ocupa los capítulos 44 al 50, recorre la historia de la salvación desde Enoc hasta el sumo sacerdote Simón y educa la mirada de fe que la carta a los Hebreos dirigirá después a los creyentes. A ello se añade una doctrina muy querida por la tradición: la limosna, la misericordia con el pobre y el perdón del ofendido valen más que cualquier sacrificio.

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