Eclesiástico

Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1402 versículos

Sir

Capítulo 34

1 Las esperanzas vanas y engañosas son para el imbécil, los sueños dan alas a los insensatos.

2 Tratar de asir una sombra o perseguir el viento es buscar apoyo en los sueños.

3 Espejo y sueño son casas semejantes, frente a un rostro, una imagen de rostro.

4 De los impuros, ¿qué pureza puede resultar? de la mentira, ¿qué verdad puede salir?

5 Adivinaciones, augurios y sueños cosas vanas son, como fantasías de corazón de mujer en parto.

6 A menos que te sean enviadas por el Altísimo en visita, no abras tu corazón a estas cosas.

7 Que a muchos extraviaron los sueños, y cayeron los que en ellos esperaban.

8 Sin dolo se ha de cumplir la Ley, y sabiduría en boca fiel es perfección.

9 Hombre que ha corrido mundo sabe muchas cosas, el que tiene experiencia se expresa con inteligencia.

10 Quien no ha pasado pruebas poco sabe, quien ha corrido mundo posee gran destreza.

11 Muchas cosas he visto en el curso de mis viajes, más vasta que mis palabras es mi inteligencia.

12 Bien de veces he estado en peligro de muerte, y me salvé gracias a todo esto.

13 El espíritu de los que temen al Señor vivirá, porque su esperanza está puesta en aquel que los salva.

14 Quien teme al Señor de nada tiene miedo, y no se intimida, porque él es su esperanza.

15 Feliz el alma del que teme al Señor: ¿en quién se sostiene? ¿cuál es su apoyo?

16 Los ojos del Señor sobre quienes le aman, poderosa protección, probado apoyo, abrigo contra el viento abrasador, abrigo contra el ardor del mediodía, guardia contra tropiezos, auxilio contra caídas,

17 que levanta el alma, alumbra los ojos, da salud, vida y bendición.

18 Sacrificar cosa injusta es hacer ofrenda rechazada, no logran complacencia los presentes de los sin ley.

19 No se complace el Altísimo en ofrendas de impíos, ni por el cúmulo de víctimas perdona los pecados.

20 Inmola a un hijo a los ojos de su padre quien ofrece víctima a costa de los bienes de los humildes.

21 Pan de indigentes es la vida de los pobres, quien se lo quita es un hombre sanguinario.

22 Mata a su prójimo quien le arrebata su sustento, vierte sangre quien quita el jornal al jornalero.

23 Uno edifica, el otro destruye, ¿qué ganan con ello más que fatigas?

24 Uno bendice, el otro maldice, ¿a quién de los dos escuchará el amo?

25 Quien se purifica del contacto de un muerto y le vuelve a tocar, ¿qué ha ganado con su baño de purificación?

26 Así el hombre que ayuna por sus pecados y que vuelve otra vez a hacer lo mismo; su oración, ¿quién la escuchará? ¿de qué le ha servido el humillarse?

Reflexión del capítulo 34

El capítulo trigésimocuarto reúne dos temas: los sueños y el culto que Dios acepta. Ben Sirá empieza con una advertencia sobria sobre los sueños y las adivinaciones: son vanos, dan alas a los insensatos y a muchos extraviaron, a menos que el Altísimo los envíe en visita. No se trata de despreciar toda inspiración, sino de no buscar apoyo en lo que es solo sombra.

El sabio contrapone a esa vanidad la experiencia de quien ha corrido mundo y ha pasado pruebas: ese sabe muchas cosas y se expresa con inteligencia. Y sobre todo, la vida del que teme al Señor, porque su esperanza está puesta en quien lo salva. Sus ojos velan sobre los que le aman: son protección probada, abrigo contra el viento abrasador y guardia contra tropiezos.

La segunda parte es una denuncia del culto falso, y suena con una fuerza que atraviesa los siglos. Sacrificar cosa injusta es hacer una ofrenda rechazada; el Altísimo no se complace en las ofrendas de los impíos ni perdona los pecados por el cúmulo de víctimas. Y el sabio llega a afirmar que quitar al pobre su sustento, o al jornalero su salario, es derramar sangre. El capítulo cierra con una imagen inolvidable: quien ayuna por sus pecados y vuelve a hacer lo mismo, ¿de qué le ha servido humillarse?

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

No busques hoy seguridades en sueños, agüeros ni promesas vagas: apóyate en la palabra de Dios y en la experiencia de quien ha vivido de verdad. Y examina tu culto: no basta rezar si después eres injusto. Paga lo justo a quien trabaja para ti, no prives a nadie de su sustento, y no vuelvas al mismo pecado después de pedir perdón.

Oración

Señor, líbrame de apoyarme en sombras y enséñame a confiar solo en tu palabra. Que mi oración vaya unida a la justicia: que pague lo justo, no prive a nadie de su sustento y no vuelva a pecar después de pedirte perdón. Amén.

Acerca del libro de Eclesiástico

El Eclesiástico, conocido también como Sirácida o Libro de Ben Sirá, es una de las cumbres de la literatura sapiencial de Israel. Lo escribió Jesús, hijo de Sirá, un maestro judío de Jerusalén que reunió en él la experiencia de una vida entera dedicada a leer la Ley, los Profetas y los escritos de los antepasados. Su nieto lo tradujo al griego en Egipto y dejó al frente un prólogo en el que explica el esfuerzo de trasladar a otra lengua lo que el abuelo había compuesto en hebreo. Ese detalle, recogido en el capítulo 0 de esta edición, es ya una lección: la sabiduría no se improvisa, se hereda y se transmite con paciencia.

El libro nace en un tiempo difícil. Israel vive bajo la presión del helenismo, con la cultura griega penetrando en la lengua, las costumbres y la fe de muchos. Ben Sirá no responde con tratados abstractos, sino con consejos muy concretos: cómo honrar a los padres, cómo elegir a los amigos, cómo usar la palabra, cómo administrar las riquezas, cómo orar, cómo educar a los hijos, cómo comportarse en un banquete. Su sabiduría es la del temor del Señor, entendido no como miedo servil, sino como confianza filial y como decisión libre de escoger el bien. Por eso el libro insiste tanto en la libertad humana: Dios no fuerza a nadie, y el hombre puede inclinarse hacia la vida.

Para la fe católica, el Eclesiástico es una escuela de vida cristiana. La Iglesia lo recibió entre los libros deuterocanónicos y lo empleó desde antiguo en la catequesis. Su gran himno a la Sabiduría, en el capítulo 24, donde ella toma la palabra y confiesa que procede de la boca del Altísimo, fue leído por los Padres como anuncio del Verbo encarnado, y la liturgia lo aplica a Cristo y a María. La alabanza de los antepasados, que ocupa los capítulos 44 al 50, recorre la historia de la salvación desde Enoc hasta el sumo sacerdote Simón y educa la mirada de fe que la carta a los Hebreos dirigirá después a los creyentes. A ello se añade una doctrina muy querida por la tradición: la limosna, la misericordia con el pobre y el perdón del ofendido valen más que cualquier sacrificio.

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