Eclesiástico

Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1402 versículos

Sir

Capítulo 39

1 No así el que aplica su alma a meditar la ley del Altísimo. La sabiduría de todos los antiguos rebusca, a los profecías consagra sus ocios,

2 conserva los relatos de varones célebres, en los repliegues de las parábolas penetra,

3 busca los secretos de los proverbios y en los enigmas de las parábolas insiste.

4 En medio de los grandes ejerce su servicio, ante los jefes aparece; viaja por tierras extranjeras, adquiere experiencia de lo bueno y lo malo entre los hombres.

5 Aplica su corazón a ir bien de mañana donde el Señor su Hacedor; suplica ante el Altísimo, abre su boca en oración y por sus pecados suplica.

6 Si el gran Señor lo quiere, del espíritu de inteligencia será lleno. El mismo derramará como lluvia las palabras de su sabiduría, y en la oración dará gracias al Señor.

7 Enderezará su consejo y su ciencia. y en sus misterios ocultos hará meditación.

8 Mostrará la instrucción recibida, y en la ley de la alianza del Señor se gloriará.

9 Muchos elogiarán su inteligencia, jamás será olvidada. No desaparecerá su recuerdo, su nombre vivirá de generación en generación.

10 Su sabiduría comentarán las naciones, su elogio, lo publicará la asamblea.

11 Mientras viva, su nombre dejará atrás a mil, y cuando descanse, él le bastará.

12 Aún voy a hablar después de meditar, que estoy colmado como la luna llena.

13 Escuchadme, hijos piadosos, y creced como rosa que brota junto a corrientes de agua.

14 Como incienso derramad buen olor, abríos en flor como el lirio, exhalad perfume, cantad un cantar, bendecid al Señor por todas sus obras.

15 Engrandeced su nombre, dadle gracias por su alabanza, con los cantares de vuestros labios y con cítaras, decid así en acción de gracias:

16 ¡Qué hermosas son todas las obras del Señor! todas sus órdenes se ejecutan a su hora. No hay por qué decir: ¿Qué es esto? Y esto ¿para qué?, que todo se ha de buscar a su tiempo.

17 A su orden el agua se detiene en una masa, a la palabra de su boca se forman los depósitos de las aguas.

18 A una orden suya se hace todo lo que desea, y no hay quien pueda estorbar su salvación.

19 Las obras de toda carne están delante de él, y nada puede ocultarse a sus ojos.

20 Su mirada abarca de eternidad a eternidad, y nada hay admirable para él.

21 No hay por qué decir: ¿Qué es esto? Y esto ¿para qué?, pues todo ha sido creado con un fin.

22 Su bendición se ha desbordado como un río, como un diluvio ha inundado la tierra.

23 De igual modo las naciones recibirán en herencia su ira, como cuando él cambió las aguas en salinas.

24 Sus caminos rectos son para los santos, así como para los sin ley son piedras de tropiezo.

25 Los bienes están desde el principio creados para los buenos, así como los males para los pecadores.

26 De primera necesidad para la vida del hombre es el agua, el fuego, el hierro y la sal, la flor de harina de trigo, la leche y la miel, el jugo de uva, el aceite y el vestido.

27 Todo esto son bienes para los piadosos, mas para los pecadores se truecan en males.

28 Hay vientos creados para el castigo, en su furor ha endurecido él sus látigos; al tiempo de la consumación su fuerza expanden, y desahogan el furor del que los hizo.

29 Fuego y granizo, hambre y muerte, para el castigo ha sido creado todo esto.

30 Y dientes de fieras, escorpiones, víboras y espada vengadora para la perdición del impío.

31 Todos hallan contento en hacer su mandato, en la tierra están prontos para su menester, y llegada la ocasión no traspasarán su orden.

32 Por eso desde el principio me reafirmé, medité y he puesto por escrito:

33 «Las obras del Señor son todas buenas, a su tiempo provee él a toda necesidad.

34 No hay por qué decir: Esto es peor que aquello, porque todo a su tiempo es aprobado.

35 Y ahora con todo el corazón y la boca cantad himnos y bendecid el nombre del Señor.»

Reflexión del capítulo 39

El capítulo trigésimonoveno es el retrato del sabio y, a la vez, un himno a las obras de Dios. Ben Sirá describe primero al que dedica su interior a rumiar la enseñanza del Altísimo: rebusca la sabiduría de los antiguos, se consagra a las profecías, conserva los relatos de varones célebres y penetra en las parábolas. Su vida es de estudio, de servicio entre los grandes y de oración madrugadora ante su Hacedor.

A ese hombre se le promete un don: si el gran Señor lo quiere, quedará lleno del espíritu de entendimiento, esparcirá sus enseñanzas como la lluvia, y su nombre se recordará de una generación a otra. La sabiduría no es solo esfuerzo humano; es también gracia que Dios concede al que madruga a buscarlo.

El capítulo desemboca en una invitación a la alabanza: que los fieles crezcan como la flor que se abre junto al agua corriente; que esparzan perfume como el incienso y bendigan al Señor por todo lo que ha hecho. Todo lo que Dios ha hecho es hermoso y se ejecuta a su hora. El agua, el fuego, el hierro, la sal, la miel, el aceite y el vestido son bienes para los piadosos, y todo fue creado con un fin. El sabio termina con la conclusión de su vida: las obras del Señor son todas buenas, y en el momento justo cubre toda necesidad.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Busca hoy un rato de sosiego para leer y meditar, como el sabio que madruga a buscar a Dios: la sabiduría necesita tiempo y silencio. Mira las cosas sencillas de tu día —el agua, el pan, la luz— y bendice al Señor por ellas. Y cuando no entiendas por qué sucede algo, confía: todo lo ha hecho Dios con un fin.

Oración

Señor, dame amor al estudio y al silencio, y un corazón agradecido por las cosas sencillas. Enséñame a bendecirte en todo y a confiar cuando no entiendo tus caminos, sabiendo que todas tus obras son buenas. Amén.

Acerca del libro de Eclesiástico

El Eclesiástico, conocido también como Sirácida o Libro de Ben Sirá, es una de las cumbres de la literatura sapiencial de Israel. Lo escribió Jesús, hijo de Sirá, un maestro judío de Jerusalén que reunió en él la experiencia de una vida entera dedicada a leer la Ley, los Profetas y los escritos de los antepasados. Su nieto lo tradujo al griego en Egipto y dejó al frente un prólogo en el que explica el esfuerzo de trasladar a otra lengua lo que el abuelo había compuesto en hebreo. Ese detalle, recogido en el capítulo 0 de esta edición, es ya una lección: la sabiduría no se improvisa, se hereda y se transmite con paciencia.

El libro nace en un tiempo difícil. Israel vive bajo la presión del helenismo, con la cultura griega penetrando en la lengua, las costumbres y la fe de muchos. Ben Sirá no responde con tratados abstractos, sino con consejos muy concretos: cómo honrar a los padres, cómo elegir a los amigos, cómo usar la palabra, cómo administrar las riquezas, cómo orar, cómo educar a los hijos, cómo comportarse en un banquete. Su sabiduría es la del temor del Señor, entendido no como miedo servil, sino como confianza filial y como decisión libre de escoger el bien. Por eso el libro insiste tanto en la libertad humana: Dios no fuerza a nadie, y el hombre puede inclinarse hacia la vida.

Para la fe católica, el Eclesiástico es una escuela de vida cristiana. La Iglesia lo recibió entre los libros deuterocanónicos y lo empleó desde antiguo en la catequesis. Su gran himno a la Sabiduría, en el capítulo 24, donde ella toma la palabra y confiesa que procede de la boca del Altísimo, fue leído por los Padres como anuncio del Verbo encarnado, y la liturgia lo aplica a Cristo y a María. La alabanza de los antepasados, que ocupa los capítulos 44 al 50, recorre la historia de la salvación desde Enoc hasta el sumo sacerdote Simón y educa la mirada de fe que la carta a los Hebreos dirigirá después a los creyentes. A ello se añade una doctrina muy querida por la tradición: la limosna, la misericordia con el pobre y el perdón del ofendido valen más que cualquier sacrificio.

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