Eclesiástico
Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1402 versículos
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Capítulo 36 de 52Capítulo 36
1 Ten piedad de nosotros, Dios, dueño de todas las cosas, mira y siembra tu temor sobre todas las naciones.
2 Alza tu mano contra las naciones extranjeras, para que reconozcan tu señorío.
3 Como ante ellas te has mostrado santo con nosotros, así ante nosotros muéstrate grande con ellas.
4 Que te reconozcan, como nosotros hemos reconocido que no hay Dios fuera de ti, Señor.
5 Renueva las señales, repite tus maravillas, glorifica tu mano y tu brazo derecho.
6 Despierta tu furor y derrama tu ira, extermina al adversario, aniquila al enemigo.
7 Acelera la hora, recuerda el juramento, y que se publiquen tus grandezas.
8 Que el fuego de la ira devore al que se escape, y los que hacen daño a tu pueblo hallen la perdición.
9 Aplasta la cabeza de los jefes enemigos, que dicen: «Nadie más que nosotros.»
10 Congrega todas las tribus de Jacob, dales su heredad como al principio.
11 Ten piedad, Señor, del pueblo llamado con tu nombre, de Israel, a quien igualaste con el primogénito.
12 Ten compasión de tu santa ciudad, de Jerusalén, lugar de tu reposo.
13 Llena a Sión de tu alabanza, y de tu gloria tu santuario.
14 Da testimonio a tus primeras criaturas, mantén las profecías dichas en tu nombre.
15 Da su recompensa a los que te aguardan, y que tus profetas queden acreditados.
16 Escucha, Señor, la súplica de tus siervos, según la bendición de Aarón sobre tu pueblo.
17 Y todos los de la tierra reconozcan que tú eres el Señor, el Dios eterno.
18 Todo alimento traga el vientre, pero unos alimentos son mejores que otros.
19 El paladar distingue por el gusto la carne de caza, así el corazón inteligente las palabras mentirosas.
20 El corazón perverso da tristeza, pero el hombre de experiencia le da su merecido.
21 A cualquier marido acepta la mujer, pero unas hijas son mejores que otras.
22 La belleza de la mujer recrea la mirada, y el hombre la desea más que ninguna cosa.
23 Si en su lengua hay ternura y mansedumbre, su marido ya no es como los demás hombres.
24 El que adquiere una mujer, adquiere el comienzo de la fortuna, una ayuda semejante a él y columna de apoyo.
25 Donde no hay valla, la propiedad es saqueada, donde no hay mujer, gime un hombre a la deriva.
26 ¿Quién se fiará del ladrón ágil que salta de ciudad en ciudad?
27 Así tampoco del hombre que no tiene nido y que se alberga donde la noche le sorprende.
Reflexión del capítulo 36
El capítulo trigésimosexto comienza con una oración por la restauración de Israel, y es una de las páginas más ardientes del libro. El sabio pide a Dios que tenga piedad de su pueblo, que muestre a las naciones su grandeza como la mostró a Israel, que renueve las señales y repita sus maravillas, que congregue todas las tribus de Jacob y les devuelva su heredad.
El tono es de confianza y de urgencia: acelera la hora, recuerda el juramento, escucha la súplica de tus siervos, y que cuantos habitan el mundo sepan que solo tú eres Dios. No hay aquí resentimiento mezquino, sino el deseo de que el nombre de Dios sea conocido y de que su pueblo vuelva a casa.
La segunda parte cambia de registro y vuelve a la sabiduría cotidiana. Con imágenes sencillas —el paladar distingue la carne de caza, el corazón inteligente las palabras mentirosas— el sabio enseña a discernir. Y dedica unos versos muy cálidos a la buena esposa: su belleza recrea la mirada, y si además hay ternura en su lengua, su esposo se siente distinto de todos los demás; quien la encuentra halla el principio de la dicha y un apoyo seguro. El que no tiene mujer, dice, gime a la deriva.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Reza hoy por la unidad y la paz de tu comunidad y de la Iglesia, no solo por tus necesidades: pide a Dios que su nombre sea conocido y que los que están dispersos encuentren su lugar. Y agradece a las personas que sostienen tu vida —esposa, esposo, familia— diciéndoles cuánto valen, en vez de darlo por supuesto. Hazlo hoy mismo.
Oración
Señor, mira a tu pueblo y renueva tus maravillas en medio de nosotros. Que los que están lejos encuentren el camino de casa, y que yo sepa agradecer y cuidar a quienes sostienen mi vida cada día. Amén.
Acerca del libro de Eclesiástico
El Eclesiástico, conocido también como Sirácida o Libro de Ben Sirá, es una de las cumbres de la literatura sapiencial de Israel. Lo escribió Jesús, hijo de Sirá, un maestro judío de Jerusalén que reunió en él la experiencia de una vida entera dedicada a leer la Ley, los Profetas y los escritos de los antepasados. Su nieto lo tradujo al griego en Egipto y dejó al frente un prólogo en el que explica el esfuerzo de trasladar a otra lengua lo que el abuelo había compuesto en hebreo. Ese detalle, recogido en el capítulo 0 de esta edición, es ya una lección: la sabiduría no se improvisa, se hereda y se transmite con paciencia.
El libro nace en un tiempo difícil. Israel vive bajo la presión del helenismo, con la cultura griega penetrando en la lengua, las costumbres y la fe de muchos. Ben Sirá no responde con tratados abstractos, sino con consejos muy concretos: cómo honrar a los padres, cómo elegir a los amigos, cómo usar la palabra, cómo administrar las riquezas, cómo orar, cómo educar a los hijos, cómo comportarse en un banquete. Su sabiduría es la del temor del Señor, entendido no como miedo servil, sino como confianza filial y como decisión libre de escoger el bien. Por eso el libro insiste tanto en la libertad humana: Dios no fuerza a nadie, y el hombre puede inclinarse hacia la vida.
Para la fe católica, el Eclesiástico es una escuela de vida cristiana. La Iglesia lo recibió entre los libros deuterocanónicos y lo empleó desde antiguo en la catequesis. Su gran himno a la Sabiduría, en el capítulo 24, donde ella toma la palabra y confiesa que procede de la boca del Altísimo, fue leído por los Padres como anuncio del Verbo encarnado, y la liturgia lo aplica a Cristo y a María. La alabanza de los antepasados, que ocupa los capítulos 44 al 50, recorre la historia de la salvación desde Enoc hasta el sumo sacerdote Simón y educa la mirada de fe que la carta a los Hebreos dirigirá después a los creyentes. A ello se añade una doctrina muy querida por la tradición: la limosna, la misericordia con el pobre y el perdón del ofendido valen más que cualquier sacrificio.
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