Eclesiástico

Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1402 versículos

Sir

Capítulo 21

1 Hijo, ¿has pecado? No lo vuelvas a hacer, y pide perdón por tus pecados anteriores.

2 Como de serpiente huye del pecado, porque, si te acercas, te morderá. Dientes de león son sus dientes, que quitan la vida a los hombres.

3 Como espada de dos filos es toda iniquidad, para su herida no hay remedio.

4 El terror y la violencia arrasan la riqueza, así quedará arrasada la casa del orgulloso.

5 La oración del pobre va de su boca a los oídos de Dios, y el juicio divino no se deja esperar.

6 El que odia la reprensión sigue las huellas del pecador, el que teme al Señor se convierte en su corazón.

7 De lejos se conoce al charlatán, y el hombre reflexivo le adivina los deslices.

8 Quien edifica su casa con dinero ajeno es como el que amontona piedras para su tumba.

9 Estopa hacinada es la reunión de los sin ley, su meta es la llama de fuego.

10 El camino de los pecadores está bien enlosado, pero a su término está la fosa del seol.

11 El que guarda la Ley controla sus ideas, la meta del temor del Señor es la sabiduría.

12 No alcanzará doctrina quien no es habilidoso, pero no hay habilidades que llenan de amargura.

13 La ciencia del sabio crecerá como una inundación, y su consejo será fuente de vida.

14 El interior del necio es como un vaso roto, que no retiene ningún conocimiento.

15 Si un hombre de saber oye palabra sabia, la elogia y otra suya añade. Si la oye el libertino, le desagrada y la echa detrás de sus espaldas.

16 El relato del necio es como fardo en el camino, mas en los labios del inteligente se halla gracia.

17 La boca del sensato es buscada en la asamblea, sus palabras se meditan de corazón.

18 Como casa en ruinas, así la sabiduría del necio, el conocimiento del tonto, palabras incoherentes.

19 Cadenas en los pies, es la educación para el mentecato, como esposas en su mano derecha.

20 El necio, cuando ríe, lo hace a carcajadas, mas el hombre sensato apenas si sonríe.

21 Adorno de oro es la educación para el sensato, como un brazalete en su brazo derecho.

22 El pie del necio entra rápido en la casa, el hombre experimentado se presenta con modestia.

23 Desde la puerta el insensato fisga el interior, el hombre bien educado queda afuera.

24 Es falta de educación escuchar a la puerta, tal descortesía indigna al sensato.

25 Los labios de los habladores repiten las palabras ajenas, mas las palabras de los prudentes se pesan en balanza.

26 En la boca de los necios está su corazón, pero el corazón de los sabios es su boca.

27 Cuando el impío maldice a Satanás, a sí mismo se maldice.

28 El murmurador mancha su propia alma, y es detestado por el vecindario.

Reflexión del capítulo 21

El capítulo vigesimoprimero vuelve sobre el pecado y sobre la palabra, y lo hace con una mezcla de severidad y de consuelo. Ben Sirá empieza con un consejo directo: quien ha fallado ha de cortar de raíz y pedir perdón por lo hecho. La iniquidad se compara con una serpiente y con una espada de doble filo, no para asustar, sino para enseñar que hay heridas que no se curan solas.

Junto a la advertencia aparece una promesa preciosa: cuando el pobre reza, su súplica sale de sus labios y llega hasta Dios, y su causa no tarda en ser atendida. El sabio sabe que el Señor escucha al que no tiene voz, y que quien rechaza la corrección camina tras las pisadas del pecador, mientras que quien respeta al Señor cambia por dentro.

La segunda mitad del capítulo es un retrato del necio y del sabio. Dentro del necio todo se pierde, como el agua en una vasija agrietada; contar lo suyo le pesa como una carga en el camino. El sabio, en cambio, sopesa cada palabra, escucha antes de hablar, se presenta con modestia y guarda sus ideas. La frase que resume el contraste es luminosa: el necio deja ver en sus labios lo que lleva dentro, mientras que el sabio mide primero lo que va a decir. El capítulo cierra advirtiendo que el chismoso se mancha a sí mismo y acaba siendo odiado por sus vecinos.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Si tienes un pecado que repites, corta hoy con él y acude a pedir perdón; no lo dejes para otra semana. Reza hoy con confianza por los que no tienen voz, sabiendo que su oración llega a Dios. Y vigila tu lengua: pesa tus palabras antes de decirlas y no repitas lo que otros cuentan. Escucha más de lo que hablas. Y guarda silencio cuando no aportes nada.

Oración

Señor, si he pecado, dame la valentía de no repetirlo y de pedirte perdón. Enséñame a pesar mis palabras y a escuchar antes de hablar, para que mi lengua no me pierda ni hiera a los demás. Guarda mi corazón. Amén.

Acerca del libro de Eclesiástico

El Eclesiástico, conocido también como Sirácida o Libro de Ben Sirá, es una de las cumbres de la literatura sapiencial de Israel. Lo escribió Jesús, hijo de Sirá, un maestro judío de Jerusalén que reunió en él la experiencia de una vida entera dedicada a leer la Ley, los Profetas y los escritos de los antepasados. Su nieto lo tradujo al griego en Egipto y dejó al frente un prólogo en el que explica el esfuerzo de trasladar a otra lengua lo que el abuelo había compuesto en hebreo. Ese detalle, recogido en el capítulo 0 de esta edición, es ya una lección: la sabiduría no se improvisa, se hereda y se transmite con paciencia.

El libro nace en un tiempo difícil. Israel vive bajo la presión del helenismo, con la cultura griega penetrando en la lengua, las costumbres y la fe de muchos. Ben Sirá no responde con tratados abstractos, sino con consejos muy concretos: cómo honrar a los padres, cómo elegir a los amigos, cómo usar la palabra, cómo administrar las riquezas, cómo orar, cómo educar a los hijos, cómo comportarse en un banquete. Su sabiduría es la del temor del Señor, entendido no como miedo servil, sino como confianza filial y como decisión libre de escoger el bien. Por eso el libro insiste tanto en la libertad humana: Dios no fuerza a nadie, y el hombre puede inclinarse hacia la vida.

Para la fe católica, el Eclesiástico es una escuela de vida cristiana. La Iglesia lo recibió entre los libros deuterocanónicos y lo empleó desde antiguo en la catequesis. Su gran himno a la Sabiduría, en el capítulo 24, donde ella toma la palabra y confiesa que procede de la boca del Altísimo, fue leído por los Padres como anuncio del Verbo encarnado, y la liturgia lo aplica a Cristo y a María. La alabanza de los antepasados, que ocupa los capítulos 44 al 50, recorre la historia de la salvación desde Enoc hasta el sumo sacerdote Simón y educa la mirada de fe que la carta a los Hebreos dirigirá después a los creyentes. A ello se añade una doctrina muy querida por la tradición: la limosna, la misericordia con el pobre y el perdón del ofendido valen más que cualquier sacrificio.

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