Eclesiástico

Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1402 versículos

Sir

Capítulo 46

1 Esforzado en la guerra fue Josué, hijo de Nun, sucesor de Moisés como profeta; él fue, de acuerdo con su nombre, grande para salvar a los elegidos del Señor, para tomar venganza de los enemigos que surgían e introducir a Israel en su heredad.

2 ¡Qué gloria ganó cuando alzaba la mano y blandía la espada contra las ciudades!

3 ¿Quién antes de él tan firme fue? ¡Que las batallas del Señor él las hacía!

4 ¿No se detuvo el sol ante su mano y un día llegó a ser como dos?

5 El invocó al Altísimo Soberano, cuando los enemigos por todas partes le estrechaban, y le atendió el Gran Señor lanzando piedras de granizo de terrible violencia.

6 Cayó de golpe sobre la nación hostil, y en la bajada aniquiló a los adversarios, para que conocieran las naciones la fuerza de sus armas, porque era frente al Señor la guerra de ellas.

7 Pues caminó en seguimiento del Todopoderoso, hizo el bien en los días de Moisés, él y también Caleb, hijo de Yefunné, resistiendo ante la asamblea, cerrando al pueblo el paso del pecado, reduciendo a silencio la murmuración de la maldad.

8 Y ellos dos solos se salvaron entre seiscientos mil hombres de a pie, para ser introducidos en la herencia, en la tierra que mana leche y miel.

9 Y el Señor dio a Caleb la fuerza que le duró hasta su vejez, le hizo subir a lo alto de la tierra, que como herencia conservó su linaje,

10 para que sepan todos los hijos de Israel que es bueno caminar en seguimiento del Señor.

11 También los jueces, cada cual según su nombre, ellos cuyo corazón no se prostituyó, y que del Señor no se apartaron: ¡sea su recuerdo lleno de bendición,

12 reflorezcan sus huesos en la tumba, y sus nombres se renueven en los hijos de estos hombres ilustres!

13 Amado fue de su Señor Samuel, profeta del Señor fundó la realeza, y ungió a los príncipes puestos sobre su pueblo.

14 Según la ley del Señor juzgó a la asamblea, y el Señor pueso sus ojos en Jacob.

15 Por su fidelidad se acreditó como profeta, por sus oráculos fue reconocido fiel vidente.

16 Invocó al Señor Todopoderoso cuando los enemigos por todas partes le estrechaban, ofreciendo un cordero lechal.

17 Y tronó el Señor desde los cielos, con gran ruido hizo resonar su voz;

18 aplastó a los jefes adversarios y a todos los príncipes de los filisteos.

19 Antes de la hora de su sueño eterno, dio testimonio ante el Señor y su ungido: «Bienes, ni siquiera sandalias, a nadie le he tomado», y nadie reclamó nada de él.

20 Y después de dormido todavía profetizó y anunció al rey su fin; del seno de la tierra alzó su voz en profecía para borrar la iniquidad del pueblo.

Reflexión del capítulo 46

El capítulo cuadragesimosexto recorre la memoria de Josué, de Caleb, de los jueces y de Samuel. Ben Sirá presenta a Josué como el valiente guerrero, sucesor de Moisés en el oficio profético, poderoso para librar a los escogidos del Señor y meter a Israel en su heredad. Y recuerda el prodigio que lo acompañó: cómo el sol se detuvo ante su mano, porque las batallas del Señor él las hacía.

Junto a Josué aparece Caleb, que con él resistió ante la asamblea, cerró al pueblo el paso del pecado y redujo a silencio la murmuración. Solo ellos dos escaparon con vida de entre seiscientos mil hombres de a pie, y pudieron entrar en la tierra prometida, y el Señor le dio a Caleb una fuerza que le duró hasta la vejez. El sabio saca de ahí una conclusión sencilla: es bueno caminar en seguimiento del Señor.

Después el capítulo bendice a los jueces, cuyo corazón no se apartó del Señor, y pide que su recuerdo sea lleno de bendición. Y cierra con Samuel, amado de su Señor, profeta que estableció la monarquía y consagró a los príncipes. Su testimonio final es conmovedor: antes de su sueño eterno pudo decir que a nadie había tomado bienes ni sandalias, y nadie reclamó nada de él.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Sigue hoy al Señor con la constancia de Josué y la entereza de Caleb: no te dejes arrastrar por la murmuración del grupo. Y examina si puedes decir como Samuel que no has tomado nada a nadie: revisa tu manera de tratar a quienes dependen de ti. Si tienes una responsabilidad, ejércela con manos limpias. Hazlo con rectitud y sin miedo.

Oración

Señor, dame la valentía de Josué y la fidelidad de Samuel, para seguirte sin dejarme llevar por la murmuración ni por el miedo. Que mis manos estén limpias y mi conciencia en paz ante ti y ante los hombres. Amén.

Acerca del libro de Eclesiástico

El Eclesiástico, conocido también como Sirácida o Libro de Ben Sirá, es una de las cumbres de la literatura sapiencial de Israel. Lo escribió Jesús, hijo de Sirá, un maestro judío de Jerusalén que reunió en él la experiencia de una vida entera dedicada a leer la Ley, los Profetas y los escritos de los antepasados. Su nieto lo tradujo al griego en Egipto y dejó al frente un prólogo en el que explica el esfuerzo de trasladar a otra lengua lo que el abuelo había compuesto en hebreo. Ese detalle, recogido en el capítulo 0 de esta edición, es ya una lección: la sabiduría no se improvisa, se hereda y se transmite con paciencia.

El libro nace en un tiempo difícil. Israel vive bajo la presión del helenismo, con la cultura griega penetrando en la lengua, las costumbres y la fe de muchos. Ben Sirá no responde con tratados abstractos, sino con consejos muy concretos: cómo honrar a los padres, cómo elegir a los amigos, cómo usar la palabra, cómo administrar las riquezas, cómo orar, cómo educar a los hijos, cómo comportarse en un banquete. Su sabiduría es la del temor del Señor, entendido no como miedo servil, sino como confianza filial y como decisión libre de escoger el bien. Por eso el libro insiste tanto en la libertad humana: Dios no fuerza a nadie, y el hombre puede inclinarse hacia la vida.

Para la fe católica, el Eclesiástico es una escuela de vida cristiana. La Iglesia lo recibió entre los libros deuterocanónicos y lo empleó desde antiguo en la catequesis. Su gran himno a la Sabiduría, en el capítulo 24, donde ella toma la palabra y confiesa que procede de la boca del Altísimo, fue leído por los Padres como anuncio del Verbo encarnado, y la liturgia lo aplica a Cristo y a María. La alabanza de los antepasados, que ocupa los capítulos 44 al 50, recorre la historia de la salvación desde Enoc hasta el sumo sacerdote Simón y educa la mirada de fe que la carta a los Hebreos dirigirá después a los creyentes. A ello se añade una doctrina muy querida por la tradición: la limosna, la misericordia con el pobre y el perdón del ofendido valen más que cualquier sacrificio.

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