Eclesiástico
Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1402 versículos
Seleccionar Capítulo
Capítulo 37 de 52Capítulo 37
1 Todo amigo dice: «También yo soy tu amigo», pero hay amigo que lo es sólo de nombre.
2 ¿No es para uno una mortal tristeza un compañero o amigo trocado en enemigo?
3 ¡Oh intención perversa! ¿de dónde saliste para cubrir la tierra de engaño?
4 El compañero disfruta en el contento del amigo, pero al tiempo de tribulación se volverá contra él.
5 El compañero compadece al amigo por interés, y cuando llega el combate embraza el escudo.
6 No te olvides de tu amigo en tu alma, ni pierdas su recuerdo cuando seas rico.
7 Todo consejero da consejos, pero hay quien aconseja en su interés.
8 Del consejero guarda tu alma, conoce primero qué necesita - porque en su propio interés dará consejo -, no sea que eche sobre ti la suerte,
9 y te diga: «Bueno es tu camino», quedándose enfrente para ver qué te sucede.
10 No te aconsejes del que te mira con desprecio, y de los que te envidian oculta tu consejo;
11 ni te aconsejes con mujer sobre su rival, con cobarde acerca la guerra, con negociante respecto del comercio, con comprador sobre la venta, con envidioso sobre la gratitud, con despiadado sobre la generosidad, con perezoso sobre cualquier trabajo, con temporero sobre el término de una obra, con siervo ocioso sobre un trabajo grande: no cuentes con éstos para ningún consejo.
12 Sino recurre siempre a un hombre piadoso, de quien sabes bien que guarda los mandamientos, cuya alma es según tu alma, y que, si caes, sufrirá contigo.
13 Y mantén firme el consejo de tu corazón, que nadie es para ti más fiel que él.
14 Pues el alma del hombre puede a veces advertir más que siete vigías sentados en lo alto para vigilar.
15 Y por encima de todo esto suplica al Altísimo, para que enderece tu camino en la verdad.
16 Principio de toda obra es la palabra, y antes de toda acción está el consejo.
17 Raíz de los pensamientos es el corazón, de él salen cuatro ramas:
18 bien y mal, vida y muerte, mas la que siempre los domina es la lengua.
19 Hay hombre diestro que adoctrina a muchos, y para sí mismo es un inútil.
20 Hay quien se hace el sabio en palabras y es aborrecido, y que acabará sin tener qué comer.
21 Pues no se le dio la gracia que viene del Señor, porque estaba vacío de toda sabiduría.
22 Hay quien para sí mismo es sabio, y los frutos de su inteligencia son, según él, dignos de fe.
23 El varón sabio enseña a su pueblo, y los frutos de su inteligencia son dignos de fe.
24 El varón sabio es colmado de bendiciones, y le llaman feliz todos los que le ven.
25 La vida del hombre tiene días contados, mas los días de Israel no tienen número.
26 El sabio en su pueblo se gana la confianza, y su nombre vivirá por los siglos.
27 Hijo, en tu vida prueba tu alma, ve lo que es malo para ella y no se los des.
28 Pues no a todos les conviene todo, y no a todo el mundo le gusta lo mismo.
29 No seas insaciable de todo placer, y no te abalances sobre la comida,
30 porque en el exceso de alimento hay enfermedad, y la intemperancia acaba en cólicos.
31 Por intemperancia han muerto muchos, pero el que se vigila prolongará su vida.
Reflexión del capítulo 37
El capítulo trigésimoséptimo es un tratado sobre el consejo y sobre el discernimiento. Ben Sirá empieza con una advertencia amarga: todo amigo dice que lo es, pero hay amigo que solo lo es de nombre, y nada duele más que un compañero trocado en enemigo.
De ahí su enseñanza sobre los consejeros. Cualquiera reparte recomendaciones, aunque algunos lo hacen mirando su propia conveniencia, y por eso el sabio recomienda averiguar primero qué busca quien aconseja. No hay que consultar al que nos desprecia, ni al envidioso, ni al cobarde sobre la guerra, ni al negociante sobre el comercio. El buen consejero es otro: un hombre piadoso, de quien se sabe que guarda los mandamientos, cuya alma es como la nuestra y que sufrirá con nosotros si caemos.
El capítulo añade una observación profunda: la raíz de los pensamientos es el corazón, y de él salen cuatro ramas, el bien y el mal, la vida y la muerte, y la lengua es la que los domina. Después distingue al que es sabio para sí mismo del que enseña a su pueblo, y termina con un consejo de templanza: prueba tu alma y mira lo que le hace mal, porque no a todos conviene todo, y la intemperancia acaba en enfermedad.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Antes de tomar hoy una decisión importante, elige bien a quién pides consejo: acude a alguien que viva cerca de Dios y que te quiera de verdad, no a quien solo te da la razón. Y haz tu propia reflexión, porque nadie es más fiel a ti que tu conciencia bien formada. Termina siempre tu discernimiento con una oración. Hazlo con calma.
Oración
Señor, dame discernimiento para elegir bien a quienes me aconsejan y humildad para escuchar. Que no me deje guiar por la envidia ni por el interés, y que ponga siempre mi confianza en ti antes de decidir. Amén.
Acerca del libro de Eclesiástico
El Eclesiástico, conocido también como Sirácida o Libro de Ben Sirá, es una de las cumbres de la literatura sapiencial de Israel. Lo escribió Jesús, hijo de Sirá, un maestro judío de Jerusalén que reunió en él la experiencia de una vida entera dedicada a leer la Ley, los Profetas y los escritos de los antepasados. Su nieto lo tradujo al griego en Egipto y dejó al frente un prólogo en el que explica el esfuerzo de trasladar a otra lengua lo que el abuelo había compuesto en hebreo. Ese detalle, recogido en el capítulo 0 de esta edición, es ya una lección: la sabiduría no se improvisa, se hereda y se transmite con paciencia.
El libro nace en un tiempo difícil. Israel vive bajo la presión del helenismo, con la cultura griega penetrando en la lengua, las costumbres y la fe de muchos. Ben Sirá no responde con tratados abstractos, sino con consejos muy concretos: cómo honrar a los padres, cómo elegir a los amigos, cómo usar la palabra, cómo administrar las riquezas, cómo orar, cómo educar a los hijos, cómo comportarse en un banquete. Su sabiduría es la del temor del Señor, entendido no como miedo servil, sino como confianza filial y como decisión libre de escoger el bien. Por eso el libro insiste tanto en la libertad humana: Dios no fuerza a nadie, y el hombre puede inclinarse hacia la vida.
Para la fe católica, el Eclesiástico es una escuela de vida cristiana. La Iglesia lo recibió entre los libros deuterocanónicos y lo empleó desde antiguo en la catequesis. Su gran himno a la Sabiduría, en el capítulo 24, donde ella toma la palabra y confiesa que procede de la boca del Altísimo, fue leído por los Padres como anuncio del Verbo encarnado, y la liturgia lo aplica a Cristo y a María. La alabanza de los antepasados, que ocupa los capítulos 44 al 50, recorre la historia de la salvación desde Enoc hasta el sumo sacerdote Simón y educa la mirada de fe que la carta a los Hebreos dirigirá después a los creyentes. A ello se añade una doctrina muy querida por la tradición: la limosna, la misericordia con el pobre y el perdón del ofendido valen más que cualquier sacrificio.
Compartir
Enlace copiado