Eclesiástico

Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1402 versículos

Sir

Capítulo 50

1 Simón, hijo de Onías, fue el sumo sacerdote que en su vida reparó la Casa, y en sus días fortificó el santuario.

2 El echó los cimientos de la altura doble, del alto contrafuerte de la cerca del Templo.

3 En sus días fue excavado el depósito de agua, un estanque como el mar de ancho.

4 El cuidó de su pueblo para evitar su ruina y fortificó la ciudad contra el asedio.

5 ¡Que glorioso era, rodeado de su pueblo, cuando salía de la casa del velo!

6 Como el lucero del alba en medio de las nubes, como la luna llena,

7 como el sol que brilla sobre el Templo del Altísimo, como el arco iris que ilumina las nubes de gloria,

8 como flor del rosal en primavera, como lirio junto a un manantial, como brote del Líbano en verano,

9 como fuego e incienso en el incensario, como vaso de oro macizo adornado de toda clase de piedras preciosas,

10 como olivo floreciente de frutos, como ciprés que se eleva hasta las nubes.

11 Cuando se ponía la vestidura de gala y se vestía sus elegantes ornamentos, al subir al santo altar, llenaba de gloria el recinto del santuario.

12 Y cuando recibía las porciones de manos de los sacerdotes, él mismo de pie junto al hogar del altar, y en torno a él la corona de sus hermanos, como brotes de cedros en el Líbano; le rodeaban como tallos de palmera

13 todos los hijos de Aarón en su esplendor, con la ofrenda del Señor en sus manos, en presencia de toda la asamblea de Israel.

14 Y cuando cumplía el ministerio de los altares ordenando la ofrenda del Altísimo Todopoderoso,

15 alargaba su mano a la copa, hacía la libación del jugo de racimo, y lo derramaba al pie del altar, como calmante aroma al Altísimo Rey universal.

16 Entonces prorrumpían en gritos los hijos de Aarón, tocaban con sus trompetas de metal batido, hacían oír su sonido imponente, como memorial delante del Altísimo.

17 Todo el pueblo entonces de repente, en masa, caía rostro en tierra, para adorar a su Señor, al Todopoderoso, Dios Altísimo.

18 Y los salmistas también le alababan con sus voces, el son vibrante formaba una dulce melodía.

19 Y suplicaba el pueblo al Señor Altísimo, orando ante el Misericordioso, hasta que terminaba la ceremonia del Señor y concluía su liturgia.

20 Entonces bajaba y elevaba sus manos sobre toda la asamblea de los hijos de Israel, para dar con sus labios la bendición del Señor y tener el honor de pronunciar su nombre.

21 Y por segunda vez todos se postraban para recibir la bendición del Altísimo.

22 Y ahora bendecid al Dios del universo, el que por todas partes hace grandes cosas, el que exaltó nuestros días desde el seno materno, y que nos trata según su misericordia.

23 Que nos dé contento de corazón, y que haya paz en nuestros días en Israel por los siglos de los siglos.

24 Que su misericordia sea fiel con nosotros y en nuestros días nos rescate.

25 Hay dos naciones que mi alma detesta, y la tercera ni siquiera es nación:

26 los habitantes de la montaña de Seír, los filisteos y el pueblo necio que mora en Siquem.

27 Instrucción de inteligencia y ciencia ha grabado en este libro Jesús, hijo de Sirá, Eleazar, de Jerusalén, que vertió de su corazón sabiduría a raudales.

28 Feliz quien repase esto a menudo; el que lo ponga en su corazón se hará sabio.

29 Y si lo practica, para todo será fuerte, porque la huella que sigue es la luz del Señor.

Reflexión del capítulo 50

El capítulo quincuagésimo es la culminación del elogio de los antepasados. El sabio presenta al sumo sacerdote Simón, hijo de Onías, que durante su vida restauró la Casa, reforzó el santuario, se preocupó por su pueblo para que no cayera en desgracia y defendió la ciudad sitiada. Y lo describe con imágenes luminosas: como el astro de la mañana entre las nubes, como la luna en su plenitud, como el sol que resplandece sobre el santuario, como rosa en primavera, como olivo cargado de fruto, como el árbol que se alza hacia el cielo.

El centro del capítulo es la celebración del culto. Cuando el sacerdote se revestía con las vestiduras solemnes y subía al altar, el recinto quedaba lleno de gloria. Tendía la mano hacia la copa y vertía la libación junto al altar. En ese momento los hijos de Aarón gritaban de júbilo y sonaban las trompetas, el pueblo entero se postraba en tierra para adorar al Altísimo, y el sacerdote, al descender, extendía sus manos e impartía la bendición.

El capítulo termina con la firma del autor: esta es la enseñanza de sabiduría y conocimiento que dejó escrita en este libro Jesús, hijo de Sirá. Y con una bienaventuranza que también nos alcanza: dichoso quien vuelva a leerlo con frecuencia, pues quien lo guarde en su interior se volverá sabio, y quien lo lleve a la práctica será fuerte, porque camina siguiendo la luz del Señor.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Participa hoy en la liturgia con todo el cuerpo y el corazón, no como espectador: canta, postrándote interiormente, y deja que la belleza del culto te lleve a adorar a Dios. Si te distraes, mira al altar y recuerda que allí se realiza algo grande. Y agradece a quienes preparan y sirven la liturgia, cuidando el silencio y el decoro de la casa de Dios.

Oración

Señor, Dios del universo, que por todas partes haces grandes cosas, enséñame a adorarte con todo mi ser en cada liturgia. Que mi oración se una a la de tu pueblo, y que tu bendición descienda sobre nosotros. Amén.

Acerca del libro de Eclesiástico

El Eclesiástico, conocido también como Sirácida o Libro de Ben Sirá, es una de las cumbres de la literatura sapiencial de Israel. Lo escribió Jesús, hijo de Sirá, un maestro judío de Jerusalén que reunió en él la experiencia de una vida entera dedicada a leer la Ley, los Profetas y los escritos de los antepasados. Su nieto lo tradujo al griego en Egipto y dejó al frente un prólogo en el que explica el esfuerzo de trasladar a otra lengua lo que el abuelo había compuesto en hebreo. Ese detalle, recogido en el capítulo 0 de esta edición, es ya una lección: la sabiduría no se improvisa, se hereda y se transmite con paciencia.

El libro nace en un tiempo difícil. Israel vive bajo la presión del helenismo, con la cultura griega penetrando en la lengua, las costumbres y la fe de muchos. Ben Sirá no responde con tratados abstractos, sino con consejos muy concretos: cómo honrar a los padres, cómo elegir a los amigos, cómo usar la palabra, cómo administrar las riquezas, cómo orar, cómo educar a los hijos, cómo comportarse en un banquete. Su sabiduría es la del temor del Señor, entendido no como miedo servil, sino como confianza filial y como decisión libre de escoger el bien. Por eso el libro insiste tanto en la libertad humana: Dios no fuerza a nadie, y el hombre puede inclinarse hacia la vida.

Para la fe católica, el Eclesiástico es una escuela de vida cristiana. La Iglesia lo recibió entre los libros deuterocanónicos y lo empleó desde antiguo en la catequesis. Su gran himno a la Sabiduría, en el capítulo 24, donde ella toma la palabra y confiesa que procede de la boca del Altísimo, fue leído por los Padres como anuncio del Verbo encarnado, y la liturgia lo aplica a Cristo y a María. La alabanza de los antepasados, que ocupa los capítulos 44 al 50, recorre la historia de la salvación desde Enoc hasta el sumo sacerdote Simón y educa la mirada de fe que la carta a los Hebreos dirigirá después a los creyentes. A ello se añade una doctrina muy querida por la tradición: la limosna, la misericordia con el pobre y el perdón del ofendido valen más que cualquier sacrificio.

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