Eclesiástico
Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1402 versículos
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Capítulo 27 de 52Capítulo 27
1 Por amor a la ganancia han pecado muchos, el que trata de enriquecerse desvía la mirada.
2 Entre dos piedras juntas se planta una estaca, y entre venta y compra se introduce el pecado.
3 Quien no se aferra enseguida al temor del Señor, pronto verá derruida su casa.
4 Cuando la criba se sacude, quedan los desechos; así en su reflexión se ven las vilezas del hombre.
5 El horno prueba las vasijas de alfarero, la prueba del hombre está en su razonamiento.
6 El fruto manifiesta el cultivo del árbol; así la palabra, el del pensamiento del corazón humano.
7 Antes que se pronuncie no elogies a nadie, que esa es la prueba de los hombres.
8 Si persigues la justicia, la alcanzarás, y la revestirás como túnica de gloria.
9 Los pájaros van a posarse donde sus semejantes, la verdad vuelve a quienes la practican.
10 El león acecha a su presa, así el pecado a los que practican la injusticia.
11 La conversación del piadoso es siempre sabiduría, mas el insensato cambia como la luna.
12 En medio de imbéciles aguarda tu momento, entre los que piensan demórate.
13 La conversación de los necios es algo irritante, su risa estalla en la molicie del pecado.
14 El hablar del jurador eriza los cabellos, ante sus disputas se tapan los oídos.
15 Disputa de orgullosos trae efusión de sangre, sus injurias son penosas de oír.
16 Quien revela los secretos, pierde el crédito, no encontrará jamás amigo íntimo.
17 Ama a tu amigo y confíate a él, mas si revelas sus secretos, deja de ir tras él;
18 porque como el que mata elimina a su víctima, así has destruido la amistad de tu compañero.
19 Como a pájaro que soltaste de tu mano, así has perdido a tu compañero y no lo recobrarás.
20 No vayas en su busca, porque se fue lejos, huyó como gacela de la red.
21 Que la herida puede ser vendada, y para la injuria hay reconciliación, pero el que reveló el secreto, perdió toda esperanza.
22 Quien guiña el ojo, anda urdiendo el mal, nadie podrá apartarle de él.
23 Ante tus ojos pone dulce su boca, y por tus palabras muestra admiración; mas después cambia de lenguaje, y con tus palabras anda dando escándalo.
24 Muchas cosas detesto, mas nada como a éste, y también el Señor le detesta.
25 Quien tira una piedra al aire, sobre su propia cabeza la tira, el golpe a traición devuelve heridas.
26 Quien cava una fosa, caerá en ella, quien tiende una red, en ella quedará preso.
27 Quien hace el mal, lo verá caer sobre sí sin saber de dónde le viene.
28 Escarnio y ultraje son cosa de orgulloso, mas la venganza como león le acecha.
29 Caerán en la red los que se alegran de la caída de los piadosos, el dolor los consumirá antes de su muerte.
30 Rencor e ira son también abominables, esa es la propiedad del pecador.
Reflexión del capítulo 27
El capítulo vigesimoséptimo empieza hablando del dinero y termina hablando del rencor, y en el camino trata la prueba del hombre y la amistad. Ben Sirá observa que muchos han pecado por amor a la ganancia, y que el pecado se cuela donde se compra y se vende, como se planta una estaca entre dos piedras juntas. No condena el comercio, pero advierte que allí la conciencia se prueba.
El sabio propone después varios criterios para conocer a las personas. La criba sacude y deja ver los desechos; el horno prueba las vasijas del alfarero; el fruto manifiesta el cultivo del árbol. Aplicado a la vida: la palabra revela el corazón, y por eso no hay que elogiar a nadie antes de que hable. La fiera aguarda escondida a su víctima, igual que la culpa aguarda al que obra con injusticia, y el necio cambia como la luna, mientras el piadoso es constante.
La parte más intensa trata de la amistad y de la venganza. Quien revela un secreto pierde el crédito y no encontrará amigo íntimo, porque ha destruido la amistad como quien suelta un pájaro de la mano. Y el capítulo cierra con una ley de justicia que recorre toda la Escritura: quien cava una fosa cae en ella, quien tiende una red queda preso, y el mal que uno hace vuelve sobre su propia cabeza. El rencor y la ira son abominables: son propiedad del pecador.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Sé hoy leal con los secretos que te confían: lo que se te dice en confianza no sale de ti. Si estás enemistado con alguien, no dejes crecer el rencor: perdona antes de que la ira se haga dueña de ti. Y en tus negocios y compras, actúa con transparencia, recordando que la ganancia obtenida con engaño siempre se paga. Hazlo con honradez.
Oración
Señor, guarda mi lengua de revelar lo que se me confía y mi corazón del rencor. Dame constancia en el bien, como el árbol que da buen fruto a su tiempo, y líbrame de la ganancia conseguida con engaño. Amén.
Acerca del libro de Eclesiástico
El Eclesiástico, conocido también como Sirácida o Libro de Ben Sirá, es una de las cumbres de la literatura sapiencial de Israel. Lo escribió Jesús, hijo de Sirá, un maestro judío de Jerusalén que reunió en él la experiencia de una vida entera dedicada a leer la Ley, los Profetas y los escritos de los antepasados. Su nieto lo tradujo al griego en Egipto y dejó al frente un prólogo en el que explica el esfuerzo de trasladar a otra lengua lo que el abuelo había compuesto en hebreo. Ese detalle, recogido en el capítulo 0 de esta edición, es ya una lección: la sabiduría no se improvisa, se hereda y se transmite con paciencia.
El libro nace en un tiempo difícil. Israel vive bajo la presión del helenismo, con la cultura griega penetrando en la lengua, las costumbres y la fe de muchos. Ben Sirá no responde con tratados abstractos, sino con consejos muy concretos: cómo honrar a los padres, cómo elegir a los amigos, cómo usar la palabra, cómo administrar las riquezas, cómo orar, cómo educar a los hijos, cómo comportarse en un banquete. Su sabiduría es la del temor del Señor, entendido no como miedo servil, sino como confianza filial y como decisión libre de escoger el bien. Por eso el libro insiste tanto en la libertad humana: Dios no fuerza a nadie, y el hombre puede inclinarse hacia la vida.
Para la fe católica, el Eclesiástico es una escuela de vida cristiana. La Iglesia lo recibió entre los libros deuterocanónicos y lo empleó desde antiguo en la catequesis. Su gran himno a la Sabiduría, en el capítulo 24, donde ella toma la palabra y confiesa que procede de la boca del Altísimo, fue leído por los Padres como anuncio del Verbo encarnado, y la liturgia lo aplica a Cristo y a María. La alabanza de los antepasados, que ocupa los capítulos 44 al 50, recorre la historia de la salvación desde Enoc hasta el sumo sacerdote Simón y educa la mirada de fe que la carta a los Hebreos dirigirá después a los creyentes. A ello se añade una doctrina muy querida por la tradición: la limosna, la misericordia con el pobre y el perdón del ofendido valen más que cualquier sacrificio.
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