Eclesiástico
Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1402 versículos
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Capítulo 19 de 52Capítulo 19
1 Un obrero bebedor nunca se enriquecerá, el que desprecia las cosas pequeñas, poco a poco caerá.
2 Vino y mujeres pervierten a los inteligentes, el que va a prostitutas es aún más temerario.
3 De larvas y gusanos será herencia, el temerario perderá su vida.
4 Quien se confía enseguida, ligero es de corazón, el que peca, a sí mismo se hace daño.
5 El que se regodea en el mal será condenado,
6 el que odia la verborrea escapará al mal.
7 No repitas nunca lo que se dice, y en nada sufrirás menoscabo.
8 Ni a amigo ni a enemigo cuentes nada, a menos que sea pecado para ti, no le descubras.
9 Porque te escucharía y se guardaría de ti, y en la ocasión propicia te detestaría.
10 ¿Has oído algo? ¡Quede muerto en ti! ¡Animo, no reventarás!
11 Por una palabra oída ya está el necio en dolores, como por el hijo la mujer que da a luz.
12 Una flecha clavada en el muslo, tal es la palabra en las entrañas del necio.
13 Interoga a tu amigo: quizá no haya hecho nada, y si acaso lo ha hecho, para que no reincida.
14 Interroga a tu prójimo: quizá no ha dicho nada, y si acaso lo ha dicho, para que no repita.
15 Interroga a tu amigo: que hay calumnia a menudo, no creas todo lo que se dice.
16 A veces se resbala uno sin querer, y ¿quién no ha pecado con su lengua?
17 Interroga a tu prójimo antes de amenazarle, y obedece a la ley del Altísimo.
20 Toda sabiduría es temor del Señor, y en toda sabiduría se practica la ley.
22 Mas no es sabiduría el conocimiento del mal, no está en el consejo de los pecadores la prudencia.
23 Hay un saberlo todo que es abominación, es estúpido el que carece de sabiduría.
24 Más vale ser vacío de inteligencia y lleno de temor, que desbordar prudencia y traspasar la ley.
25 Hay un saberlo todo que sirve a la injusticia, que para mantener el derecho usa de argucias.
26 Hay malhechor que anda encorvado por el tedio, mas su interior está lleno de dolo:
27 tapándose la cara, haciéndose el sordo, mientras no es reconocido te tomará la delantera.
28 Si por su escasa fuerza no se atreve a pecar, en cuanto encuentre ocasión, se dará a hacer el mal.
29 Por la mirada se reconoce al hombre, por el aspecto del rostro se reconoce al pensador.
30 El atuendo del hombre, la risa de sus dientes, su caminar revelan lo que es.
Reflexión del capítulo 19
El capítulo decimonoveno trata sobre todo de la palabra, y lo hace con una sabiduría que se echa de menos en muchas conversaciones. Ben Sirá empieza advirtiendo que quien desprecia las cosas pequeñas cae poco a poco, y que el vino y las compañías desordenadas pervierten incluso a los inteligentes. Luego entra en el tema central: no repetir lo que se ha oído, no descubrir los secretos, dejar morir dentro de sí lo que no hace falta decir.
Su descripción del necio es memorable: la palabra oída lo pone en dolores, y le queda clavada en las entrañas como una flecha en el muslo. En cambio, el sabio sabe esperar, porque la lengua es un peligro que alcanza a todos: nadie está libre de pecar con ella. Por eso recomienda interrogar al amigo antes de acusarlo y no creer todo lo que se cuenta, ya que a veces se resbala sin querer.
La segunda parte contrapone dos clases de saber. Hay un saber que es temor del Señor y va unido al cumplimiento de la ley, y hay un saberlo todo que es abominación, porque sirve a la injusticia y usa argucias para torcer el derecho. Vale más tener poco entendimiento y mucho respeto de Dios que andar sobrado de astucia pisoteando sus mandatos. Y el sabio cierra con una observación fina: la mirada y el caminar de un hombre revelan lo que lleva dentro.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Guarda hoy un secreto que te hayan confiado y no repitas lo que oíste decir de otro. Antes de acusar a alguien, pregúntale directamente y escucha su versión. Y revisa si tu manera de hablar revela lo que llevas dentro: que tus palabras de hoy construyan, no hieran. Empieza por callar una crítica inútil. Y si te equivocas al hablar, pide perdón sin excusas.
Oración
Señor, pon guardia en mis labios y enséñame a callar lo que no edifica. Dame un corazón que no crea fácilmente la calumnia y que pregunte antes de juzgar. Que mi saber vaya siempre unido a tu temor. Amén.
Acerca del libro de Eclesiástico
El Eclesiástico, conocido también como Sirácida o Libro de Ben Sirá, es una de las cumbres de la literatura sapiencial de Israel. Lo escribió Jesús, hijo de Sirá, un maestro judío de Jerusalén que reunió en él la experiencia de una vida entera dedicada a leer la Ley, los Profetas y los escritos de los antepasados. Su nieto lo tradujo al griego en Egipto y dejó al frente un prólogo en el que explica el esfuerzo de trasladar a otra lengua lo que el abuelo había compuesto en hebreo. Ese detalle, recogido en el capítulo 0 de esta edición, es ya una lección: la sabiduría no se improvisa, se hereda y se transmite con paciencia.
El libro nace en un tiempo difícil. Israel vive bajo la presión del helenismo, con la cultura griega penetrando en la lengua, las costumbres y la fe de muchos. Ben Sirá no responde con tratados abstractos, sino con consejos muy concretos: cómo honrar a los padres, cómo elegir a los amigos, cómo usar la palabra, cómo administrar las riquezas, cómo orar, cómo educar a los hijos, cómo comportarse en un banquete. Su sabiduría es la del temor del Señor, entendido no como miedo servil, sino como confianza filial y como decisión libre de escoger el bien. Por eso el libro insiste tanto en la libertad humana: Dios no fuerza a nadie, y el hombre puede inclinarse hacia la vida.
Para la fe católica, el Eclesiástico es una escuela de vida cristiana. La Iglesia lo recibió entre los libros deuterocanónicos y lo empleó desde antiguo en la catequesis. Su gran himno a la Sabiduría, en el capítulo 24, donde ella toma la palabra y confiesa que procede de la boca del Altísimo, fue leído por los Padres como anuncio del Verbo encarnado, y la liturgia lo aplica a Cristo y a María. La alabanza de los antepasados, que ocupa los capítulos 44 al 50, recorre la historia de la salvación desde Enoc hasta el sumo sacerdote Simón y educa la mirada de fe que la carta a los Hebreos dirigirá después a los creyentes. A ello se añade una doctrina muy querida por la tradición: la limosna, la misericordia con el pobre y el perdón del ofendido valen más que cualquier sacrificio.
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