Eclesiástico

Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1402 versículos

Sir

Capítulo 47

1 Después de él surgió Natán para profetizar en los días de David.

2 Como grasa puesta aparte en el sacrificio de comunión, así David de entre los hijos de Israel.

3 Con leones jugó cual con cabritos, con osos como con corderos.

4 ¿No mató de joven al gigante, y quitó el oprobio del pueblo, blandiendo en la mano la piedra de la honda y abatiendo la arrogancia de Goliat?

5 Pues invocó al Señor Altísimo, que a su diestra dio vigor, para aniquilar a un potente guerrero, y realzar el cuerno de su pueblo.

6 Por eso le dieron gloria por diez mil, y le alabaron con las bendiciones del Señor, ofreciéndole la diadema de gloria.

7 Pues él aplastó a los enemigos del contorno, aniquiló a los filisteos, sus adversarios, para siempre quebrantó su cuerno.

8 En todas sus obras elevó acción de gracias al Santo Altísimo en oráculo de gloria. Con todo su corazón entonó himnos, mostrando su amor a su Hacedor.

9 Ante el altar instituyó salmistas y con sus voces dio dulzura a los cantos.

10 Dio a las fiestas esplendor, vistosidad acabada a las solemnidades, cuando ellos alaban el santo nombre del Señor, cuando resuena desde la aurora el santuario.

11 El Señor le perdonó sus pecados y exaltó su cuerno para siempre: le otorgó la alianza real, un trono de gloria en Israel.

12 Después de él surgió un hijo sabio, que gracias a él vivió en holgura.

13 Reinó Salomón en días de paz, Dios le concedió reposo por doquier, para que levantara una Casa a su nombre y preparara un santuario eterno.

14 ¡Qué sabio eras en tu juventud, lleno de inteligencia como un río!

15 Cubrió tu alma la tierra, la llenaste de proverbios enigmáticos.

16 Tu nombre llegó hasta las islas lejanas, y fuiste amado en medio de tu paz.

17 Por tus cantos, tus sentencias, tus proverbios y tus interpretaciones te admiraron los países.

18 En nombre del Señor Dios, el llamado Dios de Israel, amontonaste oro como estaño, como plomo multiplicaste plata.

19 Mas reclinaste tu costado en mujeres, y te dejaste dominar en tu cuerpo.

20 Pusiste así tacha a tu gloria, y profanaste tu linaje, acarreando la ira sobre tus hijos y llenándoles de aflicción por tu locura,

21 hasta quedar partida en dos la dinastía y surgir de Efraím un reino apóstata.

22 Pero el Señor no renuncia jamás a su misericordia, no deja que se pierdan sus palabras ni que se borre la descendencia de su elegido, el linaje de quien le amó no extirpa. Por eso dio a Jacob un resto, y un brote a David salido de él.

23 Descansó Salomón con sus padres, y después de él dejó a uno de su linaje, lo más loco del pueblo, falto de inteligencia, Roboam, que apartó de su cordura al pueblo.

24 Y Jeroboam, hijo de Nabat, fue el que hizo pecar a Israel, y señaló a Efraím el camino del pecado. Desde entonces se multiplicaron sus pecados tanto que expulsaron al pueblo de su tierra.

25 Toda clase de maldades frecuentaron, hasta que vino sobre ellos el castigo.

Reflexión del capítulo 47

El capítulo cuadragesimoséptimo está dedicado a David y a Salomón. De David dice el sabio que fue elegido entre los hijos de Israel como la mejor porción reservada en el sacrificio de comunión; que siendo muchacho derribó al gigante y borró la afrenta de su pueblo, disparando la honda y abatiendo la soberbia del enemigo, porque invocó al Señor Altísimo.

Su retrato es el de un rey que amó a Dios con todo el corazón: en cada una de sus obras dio gracias al Santo, compuso cánticos y manifestó su amor a su Creador. Ante el altar organizó coros y llenó de melodía los cantos; revistió de esplendor las fiestas. Y el sabio recuerda que el Señor perdonó sus culpas y le concedió la promesa real, un trono glorioso en Israel.

Después viene Salomón, y el capítulo cambia de tono con una honestidad que impresiona. Reconoce su sabiduría prodigiosa: lleno de inteligencia como un río, cubrió la tierra de proverbios y su nombre llegó hasta las islas lejanas. Pero no oculta su caída: reclinó su costado en mujeres, se dejó dominar en su cuerpo y puso tacha a su gloria. Y sin embargo, añade una nota de esperanza: el Señor nunca retira su misericordia ni permite que se extinga el linaje de su elegido.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Agradece hoy el don de la música y de la oración cantada: úsalas para alabar a Dios, como David ante el altar. Y aprende de Salomón: los dones grandes no bastan si el corazón se deja dominar por lo que no conviene. Examina qué está tomando el mando en tu vida y ponlo en su sitio. Hazlo con decisión y humildad.

Oración

Señor, como David, quiero alabarte con todo el corazón y con música. Y como a Salomón, enséñame a no dejarme dominar por lo que aparta de ti, para no poner tacha a los dones que me has dado. Amén.

Acerca del libro de Eclesiástico

El Eclesiástico, conocido también como Sirácida o Libro de Ben Sirá, es una de las cumbres de la literatura sapiencial de Israel. Lo escribió Jesús, hijo de Sirá, un maestro judío de Jerusalén que reunió en él la experiencia de una vida entera dedicada a leer la Ley, los Profetas y los escritos de los antepasados. Su nieto lo tradujo al griego en Egipto y dejó al frente un prólogo en el que explica el esfuerzo de trasladar a otra lengua lo que el abuelo había compuesto en hebreo. Ese detalle, recogido en el capítulo 0 de esta edición, es ya una lección: la sabiduría no se improvisa, se hereda y se transmite con paciencia.

El libro nace en un tiempo difícil. Israel vive bajo la presión del helenismo, con la cultura griega penetrando en la lengua, las costumbres y la fe de muchos. Ben Sirá no responde con tratados abstractos, sino con consejos muy concretos: cómo honrar a los padres, cómo elegir a los amigos, cómo usar la palabra, cómo administrar las riquezas, cómo orar, cómo educar a los hijos, cómo comportarse en un banquete. Su sabiduría es la del temor del Señor, entendido no como miedo servil, sino como confianza filial y como decisión libre de escoger el bien. Por eso el libro insiste tanto en la libertad humana: Dios no fuerza a nadie, y el hombre puede inclinarse hacia la vida.

Para la fe católica, el Eclesiástico es una escuela de vida cristiana. La Iglesia lo recibió entre los libros deuterocanónicos y lo empleó desde antiguo en la catequesis. Su gran himno a la Sabiduría, en el capítulo 24, donde ella toma la palabra y confiesa que procede de la boca del Altísimo, fue leído por los Padres como anuncio del Verbo encarnado, y la liturgia lo aplica a Cristo y a María. La alabanza de los antepasados, que ocupa los capítulos 44 al 50, recorre la historia de la salvación desde Enoc hasta el sumo sacerdote Simón y educa la mirada de fe que la carta a los Hebreos dirigirá después a los creyentes. A ello se añade una doctrina muy querida por la tradición: la limosna, la misericordia con el pobre y el perdón del ofendido valen más que cualquier sacrificio.

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